LA LAVANDERA
De
Héctor Cardozo Lucena
Alicia miro al
cielo. Es casi mediodía- Pensó. Hacia como tres horas que había llegado al
río a lavar. Siempre buscaba el mismo
sitio, le gustaba aquel recodo porque formaba una poza donde podían jugar, sin peligro,
sus dos hijos: Juana y Alexis, unos morochos de cinco años que la acompañaban a
todos lados y que eran la luz de sus ojos.
A pesar de la
dura faena de lavar tanta ropa, Alicia sentía placer, le agradaba sentarse en
una piedra negra en forma de sapo por donde bajaba el agua, quedando sumergidos
los pies en la orilla de la poza.
Ese día a
Alicia le extraño no oír a los pericos ni a los loros que usualmente armaban su
escandaloso concierto entre los árboles de ribera. Había un raro silencio solo interrumpido por
el susurro del río, un canto monótono aprendido desde el principio de los
tiempos. Esa música mezclada por el
golpeteo de la ropa sobre la piedra, la hipnotizaba. Alicia esperaba ansiosa los días de lavar
para disfrutar de la mágica seducción de la soledad, sin preocuparse por nada,
solo ella, el río con su canto y sus hijos retozando en el agua. Flotaba en esa atmósfera cautivadora cuando
percibió a los lejos voces de otros niños.
Al principio frunció el ceño porque se imaginó la llegada de otra
lavandera que vendría a romper el encanto con la infaltable conversadera. Pero luego se resignó pensando que sus hijos
se divertían la compañía de otros niños.
Que equivocada estaba!.
Alicia
continuó restregando. Le pareció raro
que aun no llegaba la otra mujer. –Mejor así.
Quizás se quedo río abajo. – Dijo en voz baja. De pronto sintió un escalofrío, un
presentimiento que erizó la piel. Con
sobresalto camino hacia la vuelta del río, de donde provenía el bullicio. Pudo ver
a sus hijos tirándoles piedras a otros cuatro muchachitos. Los observó
fijamente tratando de reconocer algún vecino, pero los pequeños recién llegados
siempre le daban la espalda. Muy pronto
se arrepentirían de no haber insistido en tratar de descubrir la identidad de aquellos
forasteros. Aun sin ver sus caras se
sorprendió del tamaño de sus manos y pies, que resultaban desproporcionados
para sus menudos cuerpecitos.
Muy
intranquila, Alicia decidió terminar la faena ese día. En cada paso que daba retumbaban las preguntas.
-¿De donde
salieron aquellos niños? - ¿Dónde estaba
su madre? - - ¿Por qué no la vi.? – Con esa angustia enjuagó lo que faltaba y
recogió rápidamente la ropa. La
sensación de peligro era mayor.
No oigo a los
niños – Dijo. Levantó la pesada cesta y
corrió a buscar a sus muchachos. Un frío
indescriptible se apoderó de su cuerpo. NO HABÌA NADIE, LOS NIÑOS
DESAPARECIERON. De su garganta salió un
alarido penetrante, desgarrador que inundó la ribera. Fue el único grito que pudo exhalar de sus
pulmones. El hermoso rostro de Alicia se
le desfiguró con una mueca de espanto y los ojos se desorbitaron cuando, en los
últimos momentos de cordura que le quedaban, comprendió lo ocurrido. La mujer corrió sin rumbo, detrás de lo
invisible. Las piedras del río se
encargaron de lacerar su cuerpo con cada caída y la sangre cubrió su
vestimenta.
La pobre mujer
vagó por muchas horas. Los vecinos del
pueblo que estaban en la calle principal quedaron asombrados al ver a una mujer
con la ropa ensangrentada y la cara llena de terror. Es Alicia, la esposa de Julián – gritó el
bodeguero -. Todos estaban
desconcertados, sin entender lo que pasaba.
Los más viejos del pueblo comprendieron rápido la verdad que traía la
desdichada mujer reflejada en sus ojos: LOS DUENDES REGRESARON AL RIO A BUSCAR
MAS NIÑOS.
De la loca
Alicia no se supo más nada. Cuentan que
la vieron por el río, en la poza, buscando a sus hijos.
Después de
muchos años nació otra leyenda: La de una mujer fea y cubierta de sangre que
aparecía en el río lavando ropa asustando a los muchachos que iban a bañarse
solos.
