domingo, 10 de agosto de 2014

NOCHE DE  GRADUACIÓN 


I

Ya había finalizado el acto, camine emocionado como siempre por el pasillo de la alegría de los muchachos y del orgullo de los familiares. En ese trayecto decenas de birretes volaron por los aires acompañados del grito: -TERMINAMOS - . Apuré el paso ante la mirada de satisfacción de los asistentes. No he perdido el temor de que me den un birretazo  y sea el hazmerreír  de toda esta gente. Entre abrazos y felicitaciones de caras desconocidas, al fin pude llegar a la oficina y quitarme la toga. La noche era calurosa y con las luces del escenario solo se puede entregar títulos, colocar medallas y sudar.

Ya en ropa de paisano, me preparé para la infaltable sesión de fotos. – Profe una con mi mamá – Una con las primas-  Acá  Profe con mi tía que vino de Calabozo- Me pedían los muchachos. Yo me imagino al pobre graduando explicándole a todo el mundo quien es ese tipo con cara de aburrido que aparece abrazando a toda su familia. Pero lo hago con gusto. Me agrada ese último momento con los jóvenes antes de que se vayan con su flamante titulo.

Con suficientes fotos encima, me escurrí entre  abrazos y  besos para ir al brindis. Ya había saludado a la Profesora y me animaba la posibilidad de conversar  con ella en aquel sitio.

II

Al entrar al salón,  ya un enjambre de manos daba cuenta de los pasapalos. No distinguí rostros, solo manos ansiosas disputándose el ultimo pequeño y las chupeticas de pollo que aun quedaban. -A mi los actos de grado me asustan pero a todos estos tipos les da Hambre- Pensé.

-Felicitaciones, muy bonitas sus palabras,  me podría dar una copia de su discurso- Me dijeron cortésmente algunos pero sin perder de vista la mesa de la comida y sobre todo porque llegaron los huevitos de codorniz  y debían planificar con rapidez la ruta de ataque.

No tenía interés de competir con mis colegas y preferí buscar un trago. Nuevamente me encontré con esa mirada que me recordaba a los becerritos de la finca: unos ojos oscuros y redonditos con largas pestañas que siempre me habían gustado. Pero no eran solo los ojos, también unos labios dibujados por un artista que abrían paso a una hermosa sonrisa adornada de una brillante dentadura. En fin, un lindo rostro en perfecta armonía con un menudo pero bien formado cuerpo. La había visto muchas veces pero hoy estaba más radiante. Por cierto no estaba participando en la rebatiña de pasapalos.

Di un largo sorbo a mi whisky  preparado con  mucha soda y comencé a planificar el abordaje. No a la comida, ya ese ataque lo tenia perdido sino a la mujer. - ¿que broma , esa pareja nunca la deja sola ¿  ¿ Acaso son sus guardaespaldas ¿ - Me pregunte. La tenían flanqueada todo el tiempo. Uno a la derecha, la otra a la izquierda y ella en el centro. Quizás así lo especificaban las instrucciones del Manual Práctico de Protección de Mujeres Bonitas, que seguramente algún vago había escrito para   cuidarlas del asecho de los  hombres fastidiosos.

 Eso lo hacen solo con las  mujeres atractivas, las feas se cuidan solas o quedan a la intemperie, con la esperanza que la percepción de los caballeros cambie con los primeros cinco whiskisitos. Esa es matemáticamente la diferencia entre una fea y una bonita: exactamente cinco tragos. . Esta relación se pude reducir a tres si el interesado se los toma rápido. Ha sido comprobado en diferentes universidades.

Seguí dando algunas vueltas. Besitos acá, mas abrazos. Volví a intentar otra aproximación, a ver si se descuidaba la escolta, pero nada. Estaban bien entrenados, lo reconozco. Me di cuenta que cumplían el procedimiento aun para ir al baño: uno adelante, otro atrás y ella en el centro y después guardia en la puerta. -¿Qué bárbaros, esta gente tiene una disciplina militar ¿ -pensé.

Ya casi tiraba la toalla como los boxeadores, cuando se me acerco uno de los profesores amigos y me atreví a preguntarle:
-¿Cómo se llama aquella profesora?
-Quien la gordita?-
- No vale, la bonita. La que tiene escolta-
-Ah, ella es Maria Esther.- ¿Que te pasa Bandido, te interesa?- Me respondió con animo de ser cómplice. Pero me hice el loco y camine hacia otro lado del salón. Ahora por lo menos sabía el nombre: Maria Esther. -Se le podría decir Maries como al colombiano Juanes. No, a lo mejor le gustaba su nombre completo- Me dije en voz baja.

-¿Que le pasaría ¿ No la veo. ¿Será que ya se fue ¿Me pregunte. Sentí tranquilidad cuando vi. a uno de sus guardianes. -Seguro sigue aquí -. Era imposible que la dejaran ir sin protección. –  ¿ Pero donde esta ¿.- La respuesta me llego con una carcajada que salía de la parte trasera del comedor.  Algunos profesores se habían instalado en el patio, improvisando sillas. –Claro, ya se tragaron toda la comida y ahora le tocaba el turno a las cervezas- Razoné.

Me acerque y todos se reían. A la bonita. A Maria Esther la tenían sentada en el centro del grupo y ella disfrutaba del puesto de preferencia. -Ahora si es una Misión Imposible intentar un acercamiento. Se multiplico la escolta.- Además estaban en el segmento correspondientes a las anécdotas y chistes. Eran los mismos repetidos en cada brindis de graduación.

Resignado pensé:- Que va ¡ no sigo en esto. Me voy a dormir- Entonces como un ángel,  apareció el amigo, aquel que quería ser cómplice y me dijo: -Anímate Néstor, vamos a la fiesta . Tenemos una mesa. La vas a pasar muy bien- Insistió. Este tipo será brujo. El tiempo le daría sobradamente la razón..

No tenia ganas de ir pero la sonrisa de Maria Esther me convenció. La risa es una excelente terapia y ella podía ser la medicina que me recetó el medico. Además era posible que se descuidara la Guardia Pretoriana.

III

Ya la sala de fiestas estaba llena cuando llegue. Los graduandos y sus familiares ocupaban el inmenso salón formando un archipiélago de mesas y sillas en un océano de música, risas y alegría. Hacia tiempo que no iba a una fiesta de graduación.

Camine hacia la mesa de los invitados especiales y mi estomago dio un salto cuando la vi sentada. No se por que siempre hablan del corazón, esas emociones se sienten es en la barriga. Quizás porque es mas romántico hablar del corazón. No me imagino a los poetas escribiendo sobre las sensaciones de la panza.

Me aproxime al grupo y sorpresa: -¿No puede ser ¿- Proteste. –Sigue la vigilancia, estos tipos no se cansan- ¿ Que tiene esta muchacha que la cuidan tanto ¿. No abandonan  nunca las tácticas del Manual. Lejos de desanimarme, estimularon mi interés hacia ella. Salude cordialmente y con soltura le dije:- Hola Maria Esther, gusto en verte nuevamente- Como si la conociera de toda la vida. Sorprendida me respondió con su peculiar sonrisa y sus ojitos de vaca.

Busque una silla y me puse a esperar que sus cancerberos se descuidaran. La música comenzó a sonar. Un alegre merengue me sacudió los pies. Nuestros ojos se encontraron y eso basto para salir a la pista. Me gusto la gracia de sus movimientos, la suavidad de sus manos. Podía sentir la perfección de su espalda a través del delicado vestido. Yo disfrutaba el momento y parecía que ella también. Era capaz de anticipar mis pasos- Que, con mis dos pies izquierdos, no eran muchos, ni tampoco muy buenos- pero los sincronizaba con naturalidad como si fuera mi pareja de siempre. Termino el set, nos sentamos y nuevamente los policías reanudaron su trabajo: Uno acá, otra allá y tu de este lado.

Sin embargo el baile nos daría  otra oportunidad. Mas merengues, otra salida, vueltita, pasito, suéltala pa’ que se defienda, agárrala nuevamente y así muchas veces. Las palabras fueron pocas. La música no nos dejaba y los guardianes menos.

Lo que ocurrió después, no me gusto nada. Comenzaron a llegar otros que querían bailar con la bonita. -¿Que pasa? Ahora todos quieren con ella, - Me dije. El gordito, el más viejito. –Epa¡ No es un taxi- proteste en silencio.- La van a cansar con tantas vueltas.-  De pronto era  la mas cotizada del grupo. Todo seria diferente si me hubiese sentado a su  lado y con mi mejor y más expresiva “cara de perro”  espantaría a los intrusos.

 Las horas se deslizaron rápidamente y se acercaba el momento de la despedida: _ ¿Que voy a hacer? –Luego de un mal disimulado forcejeo con algunos oportunistas que querían llevarla a su casa, me les “colie” por la baranda como los buenos purasangre y se monto en mi carro. Había ganado. Me traje el premio mayor de la fiesta.

En el camino hablamos poco. En una maniobra, toque sus dedos y no procuro retirar la mano. Me quede quieto. Ni hable. Podía reaccionar y perder ese instante mágico. El contacto de unos centímetros de  piel que generaban impulsos y emociones por todo el cuerpo. Seguí haciendo malabarismos para manejar así con tal de no soltarla. El trayecto se hizo muy corto. Hubiese querido llevarla hasta Tucupita. Pero ya llegamos- Acá es mi casa- me dijo con una sonrisa de yo tampoco quiero llegar. Nos despedimos con un beso en la mejilla pero sin buscarlo nuestros labios se encontraron  muchas veces. Primero besos cortos y luego otros más largos y profundos en una danza frenética de apetitos y deseos. Aquella boquita dibujada por el artista ahora era mía. La oscuridad del carro era testigo de ese momento único e irrepetible: el de la primera vez.  El tiqui, tiqui, tiqui, de mi reloj de pulsera me despertó. Por Dios estaba soñando y ni siquiera le pedí su teléfono.-QUE BOLSA SOY.

sábado, 2 de agosto de 2014



NOS VEMOS EN RANCHO GRANDE
Para mi amigo, Ernesto Fernández.

 Se lo que me espera. Deseo con ansias llegar a mi destino final. Mi propio paraíso. Aquel que  Dios nos regalo desde el principio de los tiempos. Mi selva nublada incrustada el mar Caribe. Mi parque. Con sus helechos formando una intrincada red  de tonalidades verde-azuladas, miles  de orquídeas con caprichosas formas y colores, la belleza de las  bromelias  y las  palmas de las cuales nunca me pude aprender los nombres.

 Mis preferidos: los inmensos cucharones, gigantes leñosos  que me cobijaron en las innumerables visitas y pernoctas. Ese mundo vegetal le da un carácter mágico a la selva ideal para la fantasía y la imaginación. Se escribirán nuevas historias y leyendas y seré protagonista de alguna de ellas.  

Conozco  sus caminos, veredas y picas, sus quebradas y pozos. Pude disfrutarlos con mis alumnos, con mi familia, con mis amigos. Allí tome la esencia de  Dios  en cada planta, en cada roca, en cada animalito. Ahora podre recorrerlos hasta siempre, llenándome de una felicidad absoluta en una nueva dimensión  más allá del tiempo y el espacio. Nunca estaré solo,  Me acompañaran El Halcón peregrino, el paují, el mono araña, el jaguar, el zorro, el oso melero,  el sapito rayado  y miles de amigos más. 

 Allí será mi morada eterna. Las cenizas, como último residuo de mi cuerpo serán esparcidas al viento y pasaran a formar parte del sustrato. Mis moléculas alimentaran la madre tierra y de allí las plantas iniciaran el flujo de energía que irradiará mi vida en millones de seres. Un destino esperado para un amante de la naturaleza, el legado perfecto de amor  y entrega. Tengo una libertad indescriptible y puedo estar en miles de sitios a la vez. Gracias a todos por cumplir mis deseos. Seré inmortal en cada ser vivo del parque. Por eso todos deben estar felices. Ya no hay dolor ni sufrimiento. Solo la alegría de saber que siempre estaré vivo.

 Con mi estima: Héctor Cardozo Lucena

lunes, 28 de julio de 2014


LA OTRA HISTORIA

Por: Héctor Cardozo Lucena

Toda historia tiene dos versiones: La del ganador y la del vencido, la de los buenos y la de los malos, la del victimario y la de la víctima.  También los fantasmas tienen la propia, como la que les voy a contar.



Ella sabía de su belleza, aunque no podía ver su imagen reflejada en ningún espejo.  Recordaba muy bien todas las veces que se lo decían  en el pasado.  Se imaginaba su hermosa cabellera color castaño, su piel blanca, unos labios bien definidos merecedores de diversos piropos, pero el rasgo más evocado eran sus ojos: grandes, muy expresivos y llenos de brillo que eran motivo de admiración de todos sus conocidos.

Cuando vivía,  su historia fue corriente.  Era una muchacha anónima que no hizo nada relevante.  Lo más importante fue el amor por Luís, su eterno novio, quien murió en un accidente de tránsito en la misma semana cuando se iban a casar, causando un terrible dolor que la llevo a quitarse la vida. Una mañana la encontraron muerta en la cama  abrazando la foto de su amado.  En el piso el frasco vacío de veneno fue el testigo mudo de la trágica determinación.

Su otra historia comenzó luego, la misma es muy conocida y la hizo macabramente famosa.  Es la leyenda de una joven muy bonita que aparece en las fiestas, esperando que algún muchacho la invite a bailar, lo cautiva con su encanto y le pide que la lleve a su casa.  En el trayecto le solicita una chaqueta o saco para cubrirse del frío.  Quedándose con la prenda.  Al día siguiente cuando el joven enamorado visita la residencia con la excusa de recoger la chaqueta, se encuentra con la pasmosa noticia que la muchacha había muerto desde hacía mucho tiempo.  Este cuento ha viajado por todas las regiones llenando de espanto a los muchachos enamoradizos.

A Thais, su nombre en vida, esta historia le causaba gran tristeza porque nadie podía entender su verdadera misión como alma en pena.  En el limbo había conocido otros espectros. Muchos de ellos debían cumplir penitencias ya que se habían ido del mundo terrenal antes del tiempo, dejando tareas pendientes y resultaba obligatorio completarlos para poder tener derecho al descanso eterno.  Algunas almas desventuradas escogieron caminos equivocados, convirtiéndose en entes monstruosos que sembraban el terror por donde pasaban.  Esa era su decisión y lo disfrutaban, renunciando así al encuentro con el Creador.

El ánima generosa de Thais tenía una misión y esperaba ansiosa el momento de cumplirla.   Debía proteger a los jóvenes que iban a morir en accidentes de tránsito antes de lo escrito en el gran libro de los destinos.  Por esa razón aparecía en las fiestas y se dejaba cautivar por el muchacho.  Sin su presencia  aquel desdichado se dedicaría a beber toda la noche para dejar el espacio abierto al fatal desenlace.  La joven se enteraba quién sería la posible víctima y apuraba los preparativos para viajar a través de otra dimensión a salvarlos.  Eran los momentos en que su alma se transformaba en carne.

Aquel día tenia trabajo: Puntual como suelen ser los espíritus, se presentó en el festejo.  Había un gran ambiente.  Música, risas, bailes y alegría de jóvenes.  Su deslumbrante presencia atrajo, de inmediato, la atención de la mayoría.  Llevaba puesto un hermoso vestido azul con el que la habían enterrado.  Atravesando con gracia el salón, recibió innumerables elogios e invitaciones; pero ella sabía a quién buscaba y se dirigió decidida a Ricardo, un mozo de unos 23 años, apuesto y con muchas ganas de divertirse.

El muchacho la abordo sin demora, extrañando de no haberla visto antes.  -  Hola ¿Cómo te llamas? Pregunto resuelto el joven.
– Thais – respondió tímidamente. No hicieron falta muchas palabras para saber que se atraían.

Juntos, muy juntos danzaron envueltos de una suave música.  Thais se sintió viva nuevamente, percibía el calor del muchacho a través de su vestido y agradeció en silencio esas emociones que la vida le había arrebatado prematuramente.

Ricardo quedó prendido de la muchacha y no dudó ni un instante en  consagrarse a ella toda la noche.  La serena mirada lo hizo olvidar a los demás invitados y se sintió complacido de su suerte.  Disfrutaba la fiesta cuando la joven dijo
-          Por favor ¿me llevas a mi casa?  - 
-           ¿Por qué?  Si la estamos pasando bien. -  Inquirió el muchacho.
           No le agradó el requerimiento porque deseaba permanecer más tiempo en aquella agradable velada.  Sin embargo ante la insistencia, acepto caballerosamente.  Buscaron el vehículo, en el estacionamiento la muchacha le pidió su chaqueta para cubrirse.

Mientras conducía, Ricardo vio en el rostro de Thais una palidez inusitada, tocó su mano y quedó pasmado del frío glacial.  De pronto recordó aquella vieja historia que le habían contado cuando era niño.  Asustado  descendió del carro y huyó despavorido sin oír los llamados de su acompañante.
 – Por favor no me dejes, Ricardo. – Regresa. – Suplicó la muchacha.  La noche ahogó los ruegos. 

El joven regresó a la fiesta y aún lleno de pánico les comentó a sus amigos la macabra experiencia.
-  Tremendo susto-decían unos,
 - eso te pasa por enamorado – Otros. 
Luego de buscar, con numerosa compañía,  su vehículo abandonado y recibir las consabidas burlas, entre bromas y muchos tragos se disipó el terror de su rostro.  El resto de la noche se sintió contento por haber escapado de un fantasma.

Al despuntar el alba, las sirenas despertaron a los pobladores.  Había ocurrido un fatal choque.  En el pavimento se encontraba el cuerpo sin vida de un muchacho de unos 23 años.  Los pocos transeúntes que pasaban por el lugar, comentaban resignados.
- ¿Cuándo aprenderán estos muchachos?-
  -¿Por qué nadie hace nada para evitar que esto ocurra?-


En el mundo de lo desconocido, el alma de una muchacha sufre por haber fracasado en su misión y espera con anhelo otra oportunidad para enmendar su error.  Es bueno esperarla

miércoles, 2 de julio de 2014




AMOR EN EL RÍO 
por Hèctor Cardozo Lucena 





.
       Ada  era una hermosa niña, de ojos castaños, pelo azabache y deslumbrante sonrisa adornada de perlas. Creció a la orilla de un majestuoso río que le imprimió la dulzura de sus aguas pero también  el ímpetu y la fuerza de su carácter. Ese río siempre estaría presente en su vida sin importar la distancia. Por supuesto que siempre fue Reina de todos los eventos, sin embargo esos halagos no horadaron su humildad y sencillez. Así se fue haciendo mujer, con su sonrisa de luz  y todas las bandas y coronas de reina permanente. Tal vez porque siempre fue muy menuda sus hermanos comenzaron a cuidarla igual que a una reliquia.

          El día de la Santa Patrona del pueblo, debió llorar largo rato para que la dejaran bailar en la fiesta. Estaba realmente encantadora, sus cabellos, casi siempre trenzados, para preservarlos del viento, lucían sueltos y ondulantes, caían sobre sus hombros en finísima cascada, suaves las manos, cuidadas las uñas, no faltaba detalle en su vestido, cosido para la ocasión por su madre, una de las modistas más prestigiosas del lugar.

          Nuevamente era la reina de la noche, sus hermanos, vigilantes permanentes, estaban atentos de  que algún joven atrevido no se acercara mucho a la joya de la familia. Sin embargo ocurrió.  Por allí se apareció Pablo, Un joven de figura apuesta y  mirada seductora que salió de cacería esa noche y que mejor sitio que la fiesta del pueblo. 
  
          Cuando vio entrar al salón a la pequeña Ada, sintió un enorme alboroto hormonal que sacudió todo su cuerpo en una mezcla de interés y deseo varonil. Había encontrado su presa sin imaginar que el cazado seria él. De inmediato comenzó a tramar la táctica de acercamiento.

         Ya había percibido la férrea vigilancia de los escoltas de la bella. Comenzó el acecho, con paciencia espero el momento justo para saltar sobre aquel apetitoso bocado. La oportunidad se dio de repente y logro sacarla a bailar. En el mismo instante que tomo su mano se percató que había caído en una trampa. Una celada de la que muy pocos escapan ilesos. Su corazón se agito, sintió contracciones en el estómago, las piernas eran fideos recién cocidos. Todos  síntomas evidentes que se estaba enamorando. Cayó   rendido a esos flechazos que resultan  escasos pero muy fulminantes. Son los  que los románticos llaman: amor a primera vista.  

          Así con sus piernas de gelatina logro seguir los pasos de baile y acaparo toda la noche  la atención de Adita. Ella sintió emociones  parecidas pero tuvo el recato de disimularlas tal como debe hacerlo una jovencita decente, sin embargo dentro de ella se formaba un volcán que no tardaría en hacer erupción. Desde ese momento Pablo volvió a varias reuniones e  intento acercarse pero era casi imposible hasta que el omnipresente  el río les ofreció nuevamente la oportunidad de juntar sus cuerpos y almas.  
   
          Todo ocurrió de manera espontánea e impredecible como la vida misma. Una típica tarde de calor llanero, Ada y sus amigas fueron a bañarse en un recodo del río. Un minúsculo brazo de aguas tibias y cristalinas donde se formaba una poza que era delicia de los pocos  lugareños que conocían su existencia. Allí retozaron despreocupadas  toda la tarde, aliviando aquel  calor asfixiante. Al final del día, recogieron sus pertenecías y procedieron a regresar. A mitad del camino Ada se percató que le faltaba un libro que pretendía comenzar a leer. Advirtió  que se devolvería y que las alcanzaría más adelante. No podía imaginar la sorpresa que la vida le tenía preparada.

          Al llegar al borde del pequeño bosque de galería que ocultaba el tranquilo y solitario  pozo, pudo ver la figura atlética de Pablo que se sumergía en las  frescas aguas. Su corazón se paralizo y con él, sus pasos. Pero los ojos hablan un idioma, que nadie logra descifrar cuándo ellos quieren. Así que no hizo falta palabras. Ada magnetizada por el deseo,  entro en las aguas que se hicieron más tibias.

          Sorprendido por la mágica presencia de la mujer que le había quitado el sueño por tanto tiempo, Pablo salió a su encuentro. Nuevamente sintió su piel. Guardaron silencio largo rato. Sus cuerpos se rozaron al mecerse en las tranquilas aguas.  La atrajo  con suavidad y busco esos labios tan deseados. Al principio fueron besos cortos para dar paso a otros muy profundos y largos como queriendo succionar  el alma a través de su boca. Así la chica  conoció la pasión.  En un momento preciso el volcán hizo la esperada explosión que  estremeció  cada célula de su cuerpo, formando raras y abstractas imágenes en su cerebro. El mundo se paralizo por breves segundos que parecieron horas. Una placida relajación la invadió.  Los fuertes brazos del joven le brindaron refugio y nuevamente se instaló en su boca llenándose de paz. De esa manera Ada sumergida en  el padre río,  disfruto del verdadero amor.  
Al regresar a  casa no pudo explicar aquel raro brillo en sus ojos ni la amplia sonrisa que la acompaño por varios días. Con gran dificultad, por  la estrecha vigilancia de la muchacha, los amantes pudieron encontrarse varias veces. El rió fue siempre el  cómplice de su fogosidad  y guardo el secreto. Sin embargo los hilos del destino habían tejido un futuro distinto a lo que ellos querían.
Un día la chalana se llevó a Ada y a su familia para la capital en el afán de buscar nuevas posibilidades. El rio la despidió con tristeza y se encargó de darle la noticia a Pablo. La soledad invadió al muchacho que pasó muchos días visitando el pozo del amor con la esperanza de  que en algún momento apareciera entre la floresta   su amada,  como la primera vez. 
Eso no ocurrió. Las tibias aguas  consolaron el dolor que solo el abandono de un amor  puede producir. Muchas lágrimas brotaron de su alma y se convirtieron en  palabras que Pablo pudo trasladar al  papel.  De su pluma floreció el más puro sentimiento en forma de poesía. Ese talento que nació de un amor juvenil lo convirtió en un famoso escritor que siempre tuvo como musa a la bella Ada y al inseparable rió.
  Muchos inviernos y muchos veranos llenaron de historia a los amantes separados por el tiempo y la distancia. Cada quien cumplió lo previsto en el destino que juega caprichoso con nuestras vidas. Ella hizo una vida feliz con un esposo, unos hijos y hasta un perro. Alguna que otra noche sus pensamientos la llevaban de viaje para el rio y podía nuevamente, en la más profunda intimidad,  encontrarse con el amor. El siguió escribiendo lágrimas y sonrisas y compartiéndolas con miles de lectores que erigieron su éxito como poeta. Vivió muchos amores, con sus satisfacciones y congojas, pero ninguno como el de la bella del rio. 
          La plata  apareció en los  cabellos de Ada,  pero en nada redujo su belleza, más bien le imprimió la serena hermosura de la madurez. Ya sus hijos habían partido a edificar sus propias vidas y su marido también. Eran tiempos de soportar todo y quiso el destino que pasara un lapso de resignación y reposo en su pueblo que ya no era tan pequeño. En el primer encuentro el rió le contó las penas del amor que había dejado atrás. Su alma de lleno de nostalgia y nuevamente se atrevió a ir el pozo. Allí en la soledad, se encontró con los recuerdos que la estaban esperando. Sintió nuevamente los besos, las caricias, la pasión de su inolvidable Pablo, experimento el dulce calor en sus entrañas cual adolescente entendiendo  que el amor nunca envejece.

          Una tarde lluviosa y fresca  contagio el ánimo de los paisanos y  se entusiasmaron a asistir a un recital poético en la Casa de la Cultura. El invitado de honor era un famoso escritor que supo deleitar a los asistentes con el más hermoso recital de poesía que se pueda recordar. Nadie podía imaginar que esos versos  habían  nacido, muy cerca, en un recodo del rio, frutos de un amor que se fue sin  despedida. Pocos pudieron distinguir una lágrima que bajo por sus mejillas y  que no  se pudo convertir en palabra.

         Allí estaba Adita, oculta entre el  público, sin mayor interés que salir del aburrimiento. De inmediato lo reconoció. Aquel señor  aun con sus cabellos blancos conservaba su galanura. Un nudo en la garganta dificultó su respiración y con el corazón casi paralizado logro salir del recinto: No podía creer que él  estuviera a pocos pasos. Que figura había tejido el destino para encontrarlo de nuevo? – ahora qué hago?- pensó. –lo saludo?- me reconocerá? Absorta en un remolino de emociones y pensamientos no se dio cuenta que el acto había terminado. En minutos comenzaron a desalojar el recinto y rodeado por sus admiradores salió el apuesto caballero. Él también la reconoció pero no se atrevió a saludarla. Todo era confuso. Nuevamente se alejaron caminando  en emociones opuestas: él reviviendo el abandono y ella recordando la pasión. Es curioso los caprichos de las relaciones, en la distancia afloran los bellos momentos y en la cercanía los dolorosos.

          Él estaba asustado, no quería sufrir nuevamente, intento cerrar   sus verdaderos sentimientos y  la posibilidad de un amor que creía olvidado. Con esas cavilaciones, sus pasos lo fueron llevando al encuentro con un viejo amigo. Allí en el malecón, el fiel  río le habló acerca de la congoja de Ada. Le dio detalles de sus lágrimas y angustias. La revelación sin duda lo consoló y lleno su corazón de esperanza aunque no disipo todas las dudas.

        El padre río comprendió que su misión estaba inconclusa. Debía nuevamente acercar  a dos seres que conocía bien por haberlos bañado de ardor y ternura hasta amalgamar el más bello amor. 

        La ocasión se presentó más pronto de lo esperado. Aquella tarde se vistió de gala con la  plata y el  oro tomada de la puesta del sol. En su orilla, junto al recodo propicio el nuevo encuentro de sus hijos. No hubo palabras. Sus miradas vertieron años de sentimientos  acumulados y que los amantes supieron transcribir al lenguaje corporal de las caricias. Entonces en un inusitado acto de la naturaleza, detuvo su cauce por unos instantes para contemplar el amor nuevamente con el compromiso de preservarlo hasta siempre.




domingo, 29 de junio de 2014

BIENVENIDO TITIRITERO.

Por: Héctor Cardozo Lucena




     Había mucho revuelo allá arriba. Desde temprano se conoció la noticia: venia el muñequero.  Los angelitos agitaban  emocionados sus alas y disfrutaban anticipadamente la alegría que les iba a proporcionar el famoso visitante. Estaban aburridos de perseguir y espantar diablitos. Ya no era tan divertido amarrarles la cola puntiaguda ni tomarlos de los cachos para jugar a la bicicleta.

     Unos angelitos negros, los mismos de Andrés Eloy, fueron los encargados de difundir la noticia:
 - ¡Viene el titiritero ¡- Ya partió – Gritaban exaltados.
Correteando de un lado para otro, tratando de que todos se enteraran. Al poco rato ya  lo sabían los ángeles  guardianes, los viejos, los jóvenes y sin duda los más alegres eran los pequeños. No recordaban la ultima vez que presenciaron una función de títeres y ahora venia directo y sin escalas uno de los mejores. Hacia tiempo que no se notaba tanto relajo en el cielo. La última vez fue cuando llegó Juan Pablo II con su eterna sonrisa haciendo chistes  en diferentes idiomas.


-¿Es cierto que pronto llegará el muñequero?- vociferó San Pedro, molesto por ser de los últimos en enterarse de tan importante acontecimiento-Esta falla estaba ocurriendo con frecuencia y debía tomar medidas urgentes con el Departamento de Registros- Un angelito filipino, asustado con el vozarrón del barbudo respondió:
- ¡Si, si, esta confirmado ¡- ¿Usted cree que se pueda quedar?-
-Claro que se va a quedar. Fue siempre un buen hombre, se entregó por completo a los niños, además de un excelente padre, leal amigo y llevó por el mundo su  alegría y esperanza  - Voy a hablar con el Jefe para asegurar su permanencia entre nosotros.- Nos esperan días muy felices chinito- Le dijo con picardía poniendo su mano en la aureola del muchachito.

 



   Los santos, santas, beatos y hasta el siempre serio José Gregorio Hernández, no podían ocultar su emoción. Pero no había nada preparado para recibirlo. Con la disciplina de amor impuesta  por el Jefe, comenzaron los arreglos para la primera función. Una nube grande y cuadrada seria la tarima, unos querubines colocaron tramoyas y cortinas azules para completar el escenario, pequeñas nubes redondas se dispusieron como asientos esponjosos .Estaba garantizada la comodidad del público asistente a la eterna función. Las luces no eran problema, permanentemente es de día en el paraíso y se dispone de un avanzado sistema de sonido que permite a Dios comunicarse con el cielo y la tierra al mismo tiempo.

     Todos hicieron su parte y a la hora acordada se oyó el golpe metálico  de la aldaba contra la inmensa puerta que anunciaba la llegada del titiritero. Ahí estaba la menuda figura  con su impecable traje blanco y los pocos muñecos que había podido recoger. No eran los mejores,  pero no importaba,  tendría tiempo suficiente para fabricar más y enseñaría a  cada santo, querubín y ángel a hacer uno. San Pedro personalmente lo recibió:
- Bienvenido tocayo, lo estábamos esperando- Al cruzar el portón millones de aplausos acompañaron sus pasos. El Jefe dirigiéndose a los de acá abajo dijo:
- No se pongan tristes, ustedes se alegraron con él por  mucho tiempo. Ahora nos toca a nosotros.-
- Pasa, Pedro este es tu nuevo escenario, saca tus muñecos y que comience la función.-


-Pido disculpas a los escritores de oficio por haberme atrevido a invadir su campo pero el afecto hacia mi amigo Pedro Quintero, bien vale la osadía-HCL


miércoles, 25 de junio de 2014

                    LA CARRETERA DE LOS HOMBRES SOLOS

POR: HECTOR CARDOZO LUCENA



La noche estaba fresca.  La lluvia caída en la tarde había domado el calor que caracterizaba la ciudad.  Alexis abrió la puerta del edificio donde trabajaba y busco su carro en el estacionamiento.  Era un hombre corriente de unos 45 años, con barriga sedentaria, casado y con dos hijos mayores.  No tenía grades ambiciones, su vida transcurría lentamente por el camino de la rutina.  La agradable temperatura y el olor de las calles recién lavadas lo alentaron a tomarse un trago antes de ir a casa.  Encendió el vehículo y enfilo hacia el viejo bar, preferido desde la adolescencia.

Era un lugar común.  Afiches de productos que había desaparecido del mercado tapaban las grietas de las paredes.  Las mesas arropadas con manteles de cuadritos trataban de mantener la distinción que tuvo el bar en otras épocas.  Alexis saludo al dueño que también era el Barman, el que limpiaba las mesas y por supuesto su amigo.  En una charla intrascendente pidió una, dos y tres copas del licor que le gustaba.

Como a las diez, decidió seguir su camino. Más animado por el alcohol y la esperanza de que volviera a llover en la madrugada, recorrió distraídamente las calles.  De pronto se percató que la suerte le seguiría sonriendo esa noche.  Una hermosa mujer solitaria estaba en la parada de autobuses.  Alexis frenó bruscamente y retrocedió al sitio exacto donde estaba aquella hembra.  Por la ventanilla, la invito a montarse.  Sin disimular, con la mirada examinó todo el femenino cuerpo: Largas piernas apenas cubierta por una alegre falda, estrecha cintura que invitaba al abrazo, unos senos altaneros queriéndose salir del escote y una cara bellísima: Ojos negros y profundos que combinaban perfectamente con unos labios carnosos pintados de rojo.  El ovalado rostro estaba adornado por unos cabellos de color castaño que caían hasta los hombros.

-  Esto es demasiado bueno para ser verdad – pensó Alexis.  Su sorpresa fue mayor cuando la preciosa desconocida acepto la invitación y subió al carro.  El hombre no podía creer que semejante monumento a la femineidad estuviera a su lado.  Al instante trato de iniciar conversación pero la mujer era de pocas palabras.  Lo más importante que dijo fue su nombre – ALEJANDRA-.  Casi todos los comentarios de Alexis eran respondidos con monosílabos, adornados de una resplandeciente sonrisa.

Alexis estaba perturbado.  Los instintos masculinos exaltados con el delicado perfume de la mujer, lo impulsaron a profundizar el contacto.  Extendió su mano, le toco la pierna, sintió la suave tersura y continuo subiendo hasta el centro del deseo.  La mujer lo apartó sin brusquedad, mientras murmuraba – Mañana -.  Definitivamente era una invitación.  El hombre se resignó con la esperanza del siguiente día.

Al llegar al lugar preestablecido la mujer descendió del carro y camino sensualmente hacia unas viviendas.  Por más que lo intentó, a través del espejo retrovisor, Alexis no pudo avistar el rumbo exacto que tomó la mujer.  Se habría espantado al saber que la conducía a un viejo cementerio.

Al llegar a su casa, Alexis apenas saludo a su esposa y se metió en la cama.  El sueño fue muy intranquilo producto de la excitación que no se le pasaba.

A la mañana siguiente aquel hombre no pudo concentrarse en el trabajo.  Permaneció distraído con un pensamiento único: La cita de esa noche.  Los minutos se dejaban caer lentamente en su reloj.  La llegada de las 6 p.m. no lo sorprendió, esperaba esa hora con ansiedad.  Al fin se podría retirar.  Ni siguiera se despidió de los compañeros.

A diferencia del día anterior, el crepúsculo presagiaba una noche calurosa y pesada.  Alexis busco nuevamente el viejo bar para aguardar el momento del encuentro.  En una de las mesas estaba una joven de cara angelical que le coqueteaba con la mirada.  Alexis la observó con detenimiento e intento corresponder al galanteo acompañándola en la mesa.  Pero se detuvo y con desgano regresó a la barra.  No quería comprometerse y correr el riesgo de perder la cita.  Pronto se arrepentiría de tal determinación.  Unas copas más y se alegró de saber que era el momento de buscar a la mujer que tanto lo trastornaba.

En el mismo lugar, ahí estaba la dama.  Puntual como la muerte, en la parada de autobuses.  Alexis dejo rodar el viejo Ford  suavemente, lo detuvo y abrió la puerta desde adentro.  La mujer subió sin mirarlo. - Cómo estas ALEJANDRA?  Preguntó.  No recibió respuesta.

Alexis noto algunos cambios.  La ropa era distinta: Llevaba un vestido largo, pasado de moda.  Esa noche la mujer desprendía un olor a flores viejas.  No le dio importancia entusiasmado por los momentos que le esperaban.  Tomo la ruta de la vieja carretera que conducía a un Motel de amores furtivos en la salida de la Ciudad. 

Impaciente tomó la mano de la mujer y la sintió muy fría.  Casi helada.  La retiro de inmediato sacudido por la impresión.  Una advertencia de peligro lo invadió.  Su corazón latía a ritmo acelerado, justo al momento que un vehículo que venía de frente ilumino a su pasajera.

La visión era espantosa. La hermosa mujer de la noche anterior estaba transformada en un ser monstruoso: Los ojos saltaban de las órbitas inyectadas de sangre.  De la boca salían enormes dientes destilando una baba amarillenta.  La nariz eran dos agujeros de calavera que expulsaban un gas mal oliente y lo último que oyó fue el crujir del volante cuando le partía el pecho.  Del carro salió una figura desgarbada con una carcajada macabra que asustó a la noche.

Al filo de la madrugada una esposa angustiada esperaba a su marido.  En la radio la fatídica noticia: -  Acaba de ocurrir un accidente en la carretera vieja, en el sitio conocido como LA RECTA DE LOS HOMBRES SOLOS a la salida de la ciudad.  Hay un hombre muerto que responde al nombre de Alexis…- Comento con voz fría y profesional el locutor.

Otro accidente en el mismo lugar.  Las autoridades no podían explicarse la razón.  Era un trecho largo, recto, sin obstáculos.  Solo la presencia de muchas cruces con nombres masculinos -  Una por cada muerto. – Exceptuando una muy vieja donde apenas se podía leer el nombre de una mujer:  ALEJANDRA.  


martes, 24 de junio de 2014






EL GUARDIÁN DE LA MONTAÑA
Por, Hector Cardozo Lucena




He oído muchas historias en mi vida.  Cuentos de fantasmas y aparecidos que me hacían sudar cuando pequeño y buscar el amparo en los brazos de mi vieja.  Con el tiempo esas historias resultan ajenas porque le suceden a otros.  ¿Que diferente es cuando uno mismo se convierte en protagonista de una leyenda de aparecidos?.

Ocurrió no hace mucho tiempo.  Como estudiantes universitarios bebíamos preparar una investigación sobre la presencia de culturas indígenas en Cojedes.  La montaña de Cerro Azul, al norte, resultaba ideal para nuestros prepósitos.  Eran bien conocidos los petroglifos precolombinos ubicados arriba, tocando las nubes, a mas de 1000 mts. de altura.

Con la emoción característica por la excursión, iniciamos los preparativos.  Cuatro compañeros y amigos de la Universidad: Julián Medina, el folklórico, alegre y amante de la música, su pequeña estatura no alcanzaba a cubrir su potente voz.  Luís Meza, el gordo bonachón y solidario, siempre dispuesto, con una sonrisa, a acompañarnos en cualquier enredo.  Jesús Vásquez alto y fornido con mucha experiencia en excursionismo, detrás de su seriedad se escondía una persona sensible y cordial, tenia cualidades innatas de líder y por supuesto asumió la conducción del grupo.  Todos habían realizado montañismo menos yo.

En principio pensamos subir al cerro a pie desde la población de Manrique pero luego nos decidimos llevar el viejo Jeep del año 57, fiel amigo de aventuras.  Compramos comida para unos cinco días de viaje.  Fue motivo de burla la gran cantidad de ropa que metí en el morral como una muestra evidente de mi novaterìa. Entre bromas y la música de Julián recibimos el alba.

Tomamos vía Manrique en el viejo jeep que agonizaba con su “tosio” en cada subida.  La pobre maquina no quería seguir.  Era un mal presagio de la terrible vivencia que nos esperaba. La pintoresca población nos recibió con su frescor y su gente buena.  Buscamos la casa de Emeterio, experto baquiano y conocedor de la montaña, quien se excusó de no poder acompañarnos porque se sentía enfermo.  Mucho tiempo después, confesó que evita ir al Cerro en el mes de Mayo porque están alborotados los espíritus.  Nos recomendó a su sobrino Heriberto, hombre flaco, mal encarado y fanfarrón.  No tuvimos empatìa desde el primer momento.  Pero lo importante era su conocimiento sobre el camino.

Luego de desayunar, revisamos el jeep, un pequeño ajuste mecánico y aclaramos su “tos”.  El camino engransonado nos llevó a las cinco o seis casas que forman tierras calientes, nombre absurdo para un poblado frío.

Seguimos subiendo, helechos de todo tipo nos saludaban.  Una alegre familia de araguatos nos acompañó buena parte del trayecto, saltaban juguetones de rama en rama. Julio me dijo apuntando con los labios a Luís – Mira el más viejo se parece al gordo – Me reí a carcajadas y el pobre gordo respondió con su inocente sonrisa sin saber el motivo de la burla.  Llegamos al pueblo de La Sierra.  Una sola calle guindada en la montaña con sus pequeños conucos y bueyes anclados en el tiempo.  Los perros realengos se ensañaron con los gastados cauchos del jeep.  Realizamos otra parada para revisar nuevamente el motor y comprar algunas frutas.  Los duraznos llenaron de dulzura nuestros golpeados cuerpos.

Jesús, el líder del grupo, estaba preocupado.  Los problemas del carro, así como algunas discusiones con el antipático baquiano sobre la ruta a seguir, lo tenían inquieto.   Se sentía responsable por todos y pude percibir en su mirada, la vacilación y el deseo de suspender el viaje.  Una niebla prematura, oscureció el ambiente.  Esperamos que se disipara.  A media tarde, salió el sol y allí estaba, majestuoso nuestro destino: Cerro Azul. La terminación de la cordillera de la costa, al norte el macizo de Nirgua.

Decidimos continuar el viaje a pie.  Fue una terquedad.  Era preferible pasar la noche en La Sierra.  Muy pronto nos arrepentimos.  Al finalizar la tarde comenzamos a adentrarnos en la montaña.  Julio, el cantante, dejo de cantar extasiado con la imponente vegetación: palmeras, helechos arborescentes, cientos de orquídeas y otras epifitas soldadas en los grandes árboles, creaban un ambiente sobrecogedor y misterioso.  Al frente del grupo caminaba Jesús y al final sudorosa y lento Luís.  Yo en el medio.  Cruzamos varias quebradas antes de llegar a Las Guafas, sitio escogido para acampar y pasar la noche.

El lugar era un claro en medio de la espesura.  Preparamos las dos carpas para dormir.  Estábamos cansados y la salida de la luna entre las copas de los gigantes invitaba al descanso.  Una cena ligera y nos metimos a las tiendas.  De repente el monótono canto de los grillos y sapos fue violado por un ruido amenazador.  Presurosos salimos de las carpas y buscamos en todas las direcciones su origen.  Todos teníamos mirada de terror pero más Heriberto, el baquiano, quien parecía saber lo que ocurría.  Otra vez el ruido y lo identificamos como un gruñido de un animal grande acercándose. 

El miedo agudizo mis sentidos y fui el primero en gritar - ¡Allí está!, sobre aquel tronco – Unos ojos llenos de fuego y unos afilados dientes se abalanzaron sobre nosotros.  Era un perro salvaje.  El pobre Julio recibió el ataque.  El animal hundió su mandíbula en la pierna del compañero, al tiempo que Jesús disparaba la escopeta hiriendo al can en el lomo. El aullido fue espantoso y el eco de la montaña lo multiplicó por mil. Se fue agonizando y no supimos el rumbo.

La pierna de Julio sangraba mucho y su canto permanente fue sustituido por gritos de dolor.  Limpiamos la herida y le dimos un calmante para tranquilizarlo.  Era necesario que lo atendiera un médico.  El resto de la noche fue agobiante entre los ruidos, el miedo y los lamentos del herido.

Antes del amanecer, acordamos enviar a Julio a Manrique para que le curaran la pierna.  Luís, siempre solidario, se ofreció a llevarlo acompañado por Heriberto.  Jesús y yo seguiríamos para completar la tarea.  Antes de partir el baquiano nos dio algunas instrucciones y recomendaciones sobre una ofrenda.- Deben hacer un acto de recogimiento y humildad en el primer pozo que encuentren:  Explicó – Dejen un poco de comida y aguardiente y soliciten permiso al GUARDIAN DE LA MONTAÑA, sólo así podrán seguir – sentencio muy serio Heriberto.  Por la preocupación del viaje no le prestamos atención.  A mi me parecía otra de sus jactancias.  Lo lamentaría muy pronto.

Cada quien tomó su camino.  Tres hacia Manrique y nosotros a la derecha.  El día era generoso.  El suave clima hacia ligera la caminata.  Enormes samanes y caobas, gigantes rascacielos del bosque, protegían la fauna.  Las bandadas de pericos pico rojo alegraban la montaña con su alboroto.  Encontramos un pequeño pozo, en la orilla algún descuidado visitante había dejado restos de comida y una botellita de licor – Que pena – me dije – Siempre ensuciando – No recordaba el significado de aquella comida.  Muy cerca nos deslumbró una cascada, como de 60 mts, que incitaba al baño.  Me prepare a hacerlo cuando sentí un movimiento en la hojarasca.  El piso vegetal se movía con sinuosidad y el alerta del peligro me invadió.  Jesús sabía lo que era.  Los músculos tensos me impedían moverme y apareció  una enfurecida mapanare de unos dos metros, gruesa como un tronco.  Los ojos fijos con esa mirada vidriosa me hipnotizaron – Cuidado te va atacar – Gritó Jesús.  Yo estaba paralizado esperando la fatal mordida.  Apenas sentí el empujón de mi amigo y caí entre las piedras.  El reptil había fallado por muy poco.  El miedo nos quitó las ganas de bañarnos y nos alejamos del lugar.

En pleno bosque como a dos horas de camino comenzamos a ver las ruinas de una hacienda cafetalera de la época colonial.  Era uno de los destinos en nuestra ruta.  Enormes paredes mostraban la magnificencia del lugar.  La casona mayor estaba destruida y como una ironía, la mas humilde, la cada de la servidumbre seguía en pie.  – Tomemos las fotos – dijo Jesús.  Preferí no aparecer en ninguna.  Aún tenía reflejado en el rostro, el susto de la culebra.

Había un olor siniestro.   Olía a dolor, a muerte, a sufrimiento.  Aun se conservan en el sótano los grilletes donde amarraban a los esclavos rebeldes.  Muchos morían en las torturas.  Esos cuerpos fueron enterrados cerca y estoy seguro que las almas permanecen custodiando el lugar.  Presuroso tomé nota de lo más importante y marque en un mapa la ubicación aproximada.  Deseaba salir rápido de aquel sitio.

La tarde fue cayendo y con ella la neblina – Apuremos el paso – Grito Jesús – Hay que llegar a los Mangos para pasar la noche – Era el sitio antes de Berreblen donde se encuentran los petroglifos indígenas.  Luego de una hora por el sendero nos recibieron dos imponentes árboles de mangos que nade sabe quien los sembró, pero le daban el nombre al refugio.  Ubicamos las carpas. Comenzó a llover, una lluvia menuda como un spray, muy fría. Jesús comentó - ¡Qué día compañero! – primero el ataque del perro, la serpiente, las imágenes de los esclavos torturados y ahora la lluvia – no le respondí.  El amigo comprendió mi desanimo y se acomodó en su saco de dormir.  Yo estaba pendiente de los ruidos de la noche.  Muy alterado trataba de conciliar el sueño, que me abrazo poco a poco.  

Unas guacamayas nos llamaron a levantarnos.  Fulgurante, el astro rey bañaba la montaña con cientos de tonalidades verde azulado.  Prometí un gran día.  Desayunamos rápidamente y partimos.  La fresca mañana nos llenó de pensamientos agradables y positivos.

Por una pendiente guardamos el equilibrio con dificultad.  Me agarre de algunos arbustos y al poco tiempo llegamos a un terreno más plano.  Más al norte estaba Berreblen donde tomaríamos las fotos y los apuntes sobre los yacimientos indígenas.  Marcamos unos árboles para reconocer el camino de regreso.  Súbitamente algo nos paralizó. Eran aullidos.  Primero se oían al sur muy lejos y casi de inmediato frente a nosotros.  Una pared de niebla bajó de improviso.  De pronto el silencio.  Un silencio que asustaba más que el ruido.  Mi corazón se reventaba, busqué a Jesús quien también estaba paralizado.  ¿Qué pasa’ ¿Son perros, nuevamente? – Pregunte – No recibí respuesta, solo una mirada de terror.  Mi cuerpo se erizó.  Otra vez el aullido ahora, mas cerca.   El pánico endureció todos mis músculos.  Lo que fuera lo tenia al frente.  Muy próximo, casi me tocaba. Forcé la mirada en un intento por localizar algún bulto o movimiento pero fue inútil.  Tropiece con Jesús, que estaba rezando.  Pavoroso recordé la historia del guía.   El aullido era, insoportable.  ¡Ahora si! A través de la niebla percibí una figura que avanzaba, hacia nosotros.  Los aullidos se confundían con un ruido metálico ¿Serán los fantasmas de los esclavos? – deliré ¡Dios mío! - ¿Qué es? Grite desesperado.  Oí el grito angustiado de Jesús y apareció entre las brumas la  monstruosa silueta de un jinete muy alto, tan alto que los pies tocaban el suelo.  Montado en un carapacho de caballo.  Al acercarse me sorprendió aún más que el hombre no tuviera facciones, ni ojos, ni boca.  La cabeza era como una pequeña auyama con muchas estrías o surcos.  Del hocico del animal exhalaba un vaho verdoso y pestilente.  La cabalgadura era de hierro oxidado y chocaba con el esqueleto produciendo un chirrido.  Aquella imagen era espantosa.  Estábamos solos a merced de aquel espectro.  El aullido nos golpeó y caímos desplomados.  Afortunadamente el silencio de la inconsciencia se apoderó de nuestros cuerpos.  El Guardián de la montaña había cobrado la afrenta.

Era casi medio día cuando desperté.  La neblina había desaparecido.  Con el miedo gobernando cada célula de mi cuerpo busque a mi compañero.  Estaba tirado en la maleza.  Traté de levantarlo pero no pude  -  ¿Estará muerto? – Me dije.  Lo sacudí y lentamente recobró el sentido.  Tenia una mascara de pánico, no podía hablar.  Lo ayude a levantarse y apuramos el regreso.  A pesar de las marcas dejadas en los árboles, nos perdimos varias veces.  Casi de noche vimos las pequeñas luces de La Sierra. – ¡Gracias a Dios! -  Imploré jurando nunca más ofender a los espíritus.

Aquella experiencia había transformado para siempre a mi amigo Jesús Vásquez.  No volvió a ser el mismo hombre fuerte y decidido que conocí.  Su mente no soportó el macabro encuentro y hoy camina macilento y triste por las calles de San Carlos.