NOCHE DE GRADUACIÓN
I
Ya había finalizado el acto, camine emocionado como
siempre por el pasillo de la alegría de los muchachos y del orgullo de los
familiares. En ese trayecto decenas de birretes volaron por los aires
acompañados del grito: -TERMINAMOS - . Apuré el paso ante la mirada de
satisfacción de los asistentes. No he perdido el temor de que me den un
birretazo y sea el hazmerreír de toda esta gente. Entre abrazos y
felicitaciones de caras desconocidas, al fin pude llegar a la oficina y
quitarme la toga. La noche era calurosa y con las luces del escenario solo se
puede entregar títulos, colocar medallas y sudar.
Ya en ropa de paisano, me preparé para la infaltable
sesión de fotos. – Profe una con mi mamá – Una con las primas- Acá
Profe con mi tía que vino de Calabozo- Me pedían los muchachos. Yo me
imagino al pobre graduando explicándole a todo el mundo quien es ese tipo con
cara de aburrido que aparece abrazando a toda su familia. Pero lo hago con
gusto. Me agrada ese último momento con los jóvenes antes de que se vayan con
su flamante titulo.
Con suficientes fotos encima, me escurrí entre abrazos y
besos para ir al brindis. Ya había saludado a la Profesora y me animaba
la posibilidad de conversar con ella en
aquel sitio.
II
Al entrar al salón,
ya un enjambre de manos daba cuenta de los pasapalos. No distinguí rostros,
solo manos ansiosas disputándose el ultimo pequeño y las chupeticas de pollo
que aun quedaban. -A mi los actos de grado me asustan pero a todos estos tipos
les da Hambre- Pensé.
-Felicitaciones, muy bonitas sus palabras, me podría dar una copia de su discurso- Me
dijeron cortésmente algunos pero sin perder de vista la mesa de la comida y
sobre todo porque llegaron los huevitos de codorniz y debían planificar con rapidez la ruta de
ataque.
No tenía interés de competir con mis colegas y preferí
buscar un trago. Nuevamente me encontré con esa mirada que me recordaba a los
becerritos de la finca: unos ojos oscuros y redonditos con largas pestañas que
siempre me habían gustado. Pero no eran solo los ojos, también unos labios
dibujados por un artista que abrían paso a una hermosa sonrisa adornada de una
brillante dentadura. En fin, un lindo rostro en perfecta armonía con un menudo
pero bien formado cuerpo. La había visto muchas veces pero hoy estaba más
radiante. Por cierto no estaba participando en la rebatiña de pasapalos.
Di un largo sorbo a mi whisky preparado con
mucha soda y comencé a planificar el abordaje. No a la comida, ya ese
ataque lo tenia perdido sino a la mujer. - ¿que broma , esa pareja nunca la
deja sola ¿ ¿ Acaso son sus
guardaespaldas ¿ - Me pregunte. La tenían flanqueada todo el tiempo. Uno a la
derecha, la otra a la izquierda y ella en el centro. Quizás así lo
especificaban las instrucciones del Manual Práctico de Protección de Mujeres Bonitas,
que seguramente algún vago había escrito para
cuidarlas del asecho de los
hombres fastidiosos.
Eso lo hacen
solo con las mujeres atractivas, las
feas se cuidan solas o quedan a la intemperie, con la esperanza que la
percepción de los caballeros cambie con los primeros cinco whiskisitos. Esa es
matemáticamente la diferencia entre una fea y una bonita: exactamente cinco
tragos. . Esta relación se pude reducir a tres si el interesado se los toma
rápido. Ha sido comprobado en diferentes universidades.
Seguí dando algunas vueltas. Besitos acá, mas abrazos.
Volví a intentar otra aproximación, a ver si se descuidaba la escolta, pero
nada. Estaban bien entrenados, lo reconozco. Me di cuenta que cumplían el
procedimiento aun para ir al baño: uno adelante, otro atrás y ella en el centro
y después guardia en la puerta. -¿Qué bárbaros, esta gente tiene una disciplina
militar ¿ -pensé.
Ya casi tiraba la toalla como los boxeadores, cuando
se me acerco uno de los profesores amigos y me atreví a preguntarle:
-¿Cómo se llama aquella profesora?
-Quien la gordita?-
- No vale, la bonita. La que tiene escolta-
-Ah, ella es Maria Esther.- ¿Que te pasa Bandido, te
interesa?- Me respondió con animo de ser cómplice. Pero me hice el loco y
camine hacia otro lado del salón. Ahora por lo menos sabía el nombre: Maria
Esther. -Se le podría decir Maries como al colombiano Juanes. No, a lo mejor le
gustaba su nombre completo- Me dije en voz baja.
-¿Que le pasaría ¿ No la veo. ¿Será que ya se fue ¿Me
pregunte. Sentí tranquilidad cuando vi. a uno de sus guardianes. -Seguro sigue
aquí -. Era imposible que la dejaran ir sin protección. – ¿ Pero donde esta ¿.- La respuesta me llego
con una carcajada que salía de la parte trasera del comedor. Algunos profesores se habían instalado en el
patio, improvisando sillas. –Claro, ya se tragaron toda la comida y ahora le
tocaba el turno a las cervezas- Razoné.
Me acerque y todos se reían. A la bonita. A Maria
Esther la tenían sentada en el centro del grupo y ella disfrutaba del puesto de
preferencia. -Ahora si es una Misión Imposible intentar un acercamiento. Se
multiplico la escolta.- Además estaban en el segmento correspondientes a las
anécdotas y chistes. Eran los mismos repetidos en cada brindis de graduación.
Resignado pensé:- Que va ¡ no sigo en esto. Me voy a
dormir- Entonces como un ángel, apareció
el amigo, aquel que quería ser cómplice y me dijo: -Anímate Néstor, vamos a la
fiesta . Tenemos una mesa. La vas a pasar muy bien- Insistió. Este tipo será
brujo. El tiempo le daría sobradamente la razón..
No tenia ganas de ir pero la sonrisa de Maria Esther
me convenció. La risa es una excelente terapia y ella podía ser la medicina que
me recetó el medico. Además era posible que se descuidara la Guardia Pretoriana.
III
Ya la sala de fiestas estaba llena cuando llegue. Los
graduandos y sus familiares ocupaban el inmenso salón formando un archipiélago
de mesas y sillas en un océano de música, risas y alegría. Hacia tiempo que no
iba a una fiesta de graduación.
Camine hacia la mesa de los invitados especiales y mi
estomago dio un salto cuando la vi sentada. No se por que siempre hablan del
corazón, esas emociones se sienten es en la barriga. Quizás porque es mas
romántico hablar del corazón. No me imagino a los poetas escribiendo sobre las
sensaciones de la panza.
Me aproxime al grupo y sorpresa: -¿No puede ser ¿-
Proteste. –Sigue la vigilancia, estos tipos no se cansan- ¿ Que tiene esta
muchacha que la cuidan tanto ¿. No abandonan nunca las tácticas del Manual. Lejos de
desanimarme, estimularon mi interés hacia ella. Salude cordialmente y con
soltura le dije:- Hola Maria Esther, gusto en verte nuevamente- Como si la
conociera de toda la vida. Sorprendida me respondió con su peculiar sonrisa y
sus ojitos de vaca.
Busque una silla y me puse a esperar que sus
cancerberos se descuidaran. La música comenzó a sonar. Un alegre merengue me
sacudió los pies. Nuestros ojos se encontraron y eso basto para salir a la
pista. Me gusto la gracia de sus movimientos, la suavidad de sus manos. Podía
sentir la perfección de su espalda a través del delicado vestido. Yo disfrutaba
el momento y parecía que ella también. Era capaz de anticipar mis pasos- Que,
con mis dos pies izquierdos, no eran muchos, ni tampoco muy buenos- pero los
sincronizaba con naturalidad como si fuera mi pareja de siempre. Termino el
set, nos sentamos y nuevamente los policías reanudaron su trabajo: Uno acá,
otra allá y tu de este lado.
Sin embargo el baile nos daría otra oportunidad. Mas merengues, otra salida,
vueltita, pasito, suéltala pa’ que se defienda, agárrala nuevamente y así
muchas veces. Las palabras fueron pocas. La música no nos dejaba y los
guardianes menos.
Lo que ocurrió después, no me gusto nada. Comenzaron a
llegar otros que querían bailar con la bonita. -¿Que pasa? Ahora todos quieren
con ella, - Me dije. El gordito, el más viejito. –Epa¡ No es un taxi- proteste
en silencio.- La van a cansar con tantas vueltas.- De pronto era la mas cotizada del grupo. Todo seria diferente
si me hubiese sentado a su lado y con mi
mejor y más expresiva “cara de perro”
espantaría a los intrusos.
Las horas se
deslizaron rápidamente y se acercaba el momento de la despedida: _ ¿Que voy a
hacer? –Luego de un mal disimulado forcejeo con algunos oportunistas que
querían llevarla a su casa, me les “colie” por la baranda como los buenos
purasangre y se monto en mi carro. Había ganado. Me traje el premio mayor de la
fiesta.
En el camino hablamos poco. En una maniobra, toque sus
dedos y no procuro retirar la mano. Me quede quieto. Ni hable. Podía reaccionar
y perder ese instante mágico. El contacto de unos centímetros de piel que generaban impulsos y emociones por
todo el cuerpo. Seguí haciendo malabarismos para manejar así con tal de no
soltarla. El trayecto se hizo muy corto. Hubiese querido llevarla hasta
Tucupita. Pero ya llegamos- Acá es mi casa- me dijo con una sonrisa de yo
tampoco quiero llegar. Nos despedimos con un beso en la mejilla pero sin
buscarlo nuestros labios se encontraron
muchas veces. Primero besos cortos y luego otros más largos y profundos
en una danza frenética de apetitos y deseos. Aquella boquita dibujada por el
artista ahora era mía. La oscuridad del carro era testigo de ese momento único
e irrepetible: el de la primera vez. El
tiqui, tiqui, tiqui, de mi reloj de pulsera me despertó. Por Dios estaba
soñando y ni siquiera le pedí su teléfono.-QUE
BOLSA SOY.

