martes, 19 de marzo de 2013

La lavandera

LA LAVANDERA

De
Héctor Cardozo Lucena

Alicia miro al cielo.  Es casi mediodía- Pensó.  Hacia como tres horas que había llegado al río a lavar.  Siempre buscaba el mismo sitio, le gustaba aquel recodo porque formaba una poza donde podían jugar, sin peligro, sus dos hijos: Juana y Alexis, unos morochos de cinco años que la acompañaban a todos lados y que eran la luz de sus ojos.

A pesar de la dura faena de lavar tanta ropa, Alicia sentía placer, le agradaba sentarse en una piedra negra en forma de sapo por donde bajaba el agua, quedando sumergidos los pies en la orilla de la poza.

Ese día a Alicia le extraño no oír a los pericos ni a los loros que usualmente armaban su escandaloso concierto entre los árboles de ribera.  Había un raro silencio solo interrumpido por el susurro del río, un canto monótono aprendido desde el principio de los tiempos.  Esa música mezclada por el golpeteo de la ropa sobre la piedra, la hipnotizaba.  Alicia esperaba ansiosa los días de lavar para disfrutar de la mágica seducción de la soledad, sin preocuparse por nada, solo ella, el río con su canto y sus hijos retozando en el agua.  Flotaba en esa atmósfera cautivadora cuando percibió a los lejos voces de otros niños.  Al principio frunció el ceño porque se imaginó la llegada de otra lavandera que vendría a romper el encanto con la infaltable conversadera.  Pero luego se resignó pensando que sus hijos se divertían la compañía de otros niños.   Que equivocada estaba!.

Alicia continuó restregando.  Le pareció raro que aun no llegaba la otra mujer. –Mejor así.  Quizás se quedo río abajo. – Dijo en voz baja.  De pronto sintió un escalofrío, un presentimiento que erizó la piel.  Con sobresalto camino hacia la vuelta del río, de donde provenía el bullicio.  Pudo ver  a sus hijos tirándoles piedras a otros cuatro muchachitos. Los observó fijamente tratando de reconocer algún vecino, pero los pequeños recién llegados siempre le daban la espalda.  Muy pronto se arrepentirían de no haber insistido en tratar de descubrir la identidad de aquellos forasteros.  Aun sin ver sus caras se sorprendió del tamaño de sus manos y pies, que resultaban desproporcionados para sus menudos cuerpecitos.

Muy intranquila, Alicia decidió terminar la faena ese día.  En cada paso que daba retumbaban las preguntas.

-¿De donde salieron aquellos niños? -  ¿Dónde estaba su madre? - - ¿Por qué no la vi.? – Con esa angustia enjuagó lo que faltaba y recogió rápidamente la ropa.  La sensación de peligro era mayor.

No oigo a los niños – Dijo.  Levantó la pesada cesta y corrió a buscar a sus muchachos.  Un frío indescriptible se apoderó de su cuerpo. NO HABÌA NADIE, LOS NIÑOS DESAPARECIERON.  De su garganta salió un alarido penetrante, desgarrador que inundó la ribera.   Fue el único grito que pudo exhalar de sus pulmones.  El hermoso rostro de Alicia se le desfiguró con una mueca de espanto y los ojos se desorbitaron cuando, en los últimos momentos de cordura que le quedaban, comprendió lo ocurrido.  La mujer corrió sin rumbo, detrás de lo invisible.  Las piedras del río se encargaron de lacerar su cuerpo con cada caída y la sangre cubrió su vestimenta.

La pobre mujer vagó por muchas horas.  Los vecinos del pueblo que estaban en la calle principal quedaron asombrados al ver a una mujer con la ropa ensangrentada y la cara llena de terror.  Es Alicia, la esposa de Julián – gritó el bodeguero -.  Todos estaban desconcertados, sin entender lo que pasaba.  Los más viejos del pueblo comprendieron rápido la verdad que traía la desdichada mujer reflejada en sus ojos: LOS DUENDES REGRESARON AL RIO A BUSCAR MAS NIÑOS.

De la loca Alicia no se supo más nada.  Cuentan que la vieron por el río, en la poza, buscando a sus hijos.

Después de muchos años nació otra leyenda: La de una mujer fea y cubierta de sangre que aparecía en el río lavando ropa asustando a los muchachos que iban a bañarse solos.   

1 comentario:

  1. Excelente obra literaria...propia de esta tierra llena de mitos y leyendas...Un abrazo!

    ResponderEliminar