LA CARRETERA DE LOS HOMBRES SOLOS
POR: HECTOR CARDOZO LUCENA
La noche
estaba fresca. La lluvia caída en la
tarde había domado el calor que caracterizaba la ciudad. Alexis abrió la puerta del edificio donde
trabajaba y busco su carro en el estacionamiento. Era un hombre corriente de unos 45 años, con
barriga sedentaria, casado y con dos hijos mayores. No tenía grades ambiciones, su vida
transcurría lentamente por el camino de la rutina. La agradable temperatura y el olor de las
calles recién lavadas lo alentaron a tomarse un trago antes de ir a casa. Encendió el vehículo y enfilo hacia el viejo
bar, preferido desde la adolescencia.
Era un lugar
común. Afiches de productos que había
desaparecido del mercado tapaban las grietas de las paredes. Las mesas arropadas con manteles de cuadritos
trataban de mantener la distinción que tuvo el bar en otras épocas. Alexis saludo al dueño que también era el
Barman, el que limpiaba las mesas y por supuesto su amigo. En una charla intrascendente pidió una, dos
y tres copas del licor que le gustaba.
Como a las
diez, decidió seguir su camino. Más animado por el alcohol y la esperanza de
que volviera a llover en la madrugada, recorrió distraídamente las calles. De pronto se percató que la suerte le
seguiría sonriendo esa noche. Una
hermosa mujer solitaria estaba en la parada de autobuses. Alexis frenó bruscamente y retrocedió al
sitio exacto donde estaba aquella hembra.
Por la ventanilla, la invito a montarse.
Sin disimular, con la mirada examinó todo el femenino cuerpo: Largas
piernas apenas cubierta por una alegre falda, estrecha cintura que invitaba al
abrazo, unos senos altaneros queriéndose salir del escote y una cara bellísima:
Ojos negros y profundos que combinaban perfectamente con unos labios carnosos
pintados de rojo. El ovalado rostro
estaba adornado por unos cabellos de color castaño que caían hasta los hombros.
- Esto es demasiado bueno para ser verdad –
pensó Alexis. Su sorpresa fue mayor
cuando la preciosa desconocida acepto la invitación y subió al carro. El hombre no podía creer que semejante
monumento a la femineidad estuviera a su lado.
Al instante trato de iniciar conversación pero la mujer era de pocas
palabras. Lo más importante que dijo fue
su nombre – ALEJANDRA-. Casi todos los
comentarios de Alexis eran respondidos con monosílabos, adornados de una
resplandeciente sonrisa.
Alexis estaba
perturbado. Los instintos masculinos
exaltados con el delicado perfume de la mujer, lo impulsaron a profundizar el
contacto. Extendió su mano, le toco la
pierna, sintió la suave tersura y continuo subiendo hasta el centro del
deseo. La mujer lo apartó sin
brusquedad, mientras murmuraba – Mañana -.
Definitivamente era una invitación.
El hombre se resignó con la esperanza del siguiente día.
Al llegar al lugar
preestablecido la mujer descendió del carro y camino sensualmente hacia unas
viviendas. Por más que lo intentó, a
través del espejo retrovisor, Alexis no pudo avistar el rumbo exacto que tomó
la mujer. Se habría espantado al saber
que la conducía a un viejo cementerio.
Al llegar a su
casa, Alexis apenas saludo a su esposa y se metió en la cama. El sueño fue muy intranquilo producto de la
excitación que no se le pasaba.
A la mañana
siguiente aquel hombre no pudo concentrarse en el trabajo. Permaneció distraído con un pensamiento
único: La cita de esa noche. Los minutos
se dejaban caer lentamente en su reloj.
La llegada de las 6 p.m. no lo sorprendió, esperaba esa hora con
ansiedad. Al fin se podría retirar. Ni siguiera se despidió de los compañeros.
A diferencia
del día anterior, el crepúsculo presagiaba una noche calurosa y pesada. Alexis busco nuevamente el viejo bar para
aguardar el momento del encuentro. En
una de las mesas estaba una joven de cara angelical que le coqueteaba con la
mirada. Alexis la observó con
detenimiento e intento corresponder al galanteo acompañándola en la mesa. Pero se detuvo y con desgano regresó a la
barra. No quería comprometerse y correr
el riesgo de perder la cita. Pronto se
arrepentiría de tal determinación. Unas
copas más y se alegró de saber que era el momento de buscar a la mujer que
tanto lo trastornaba.
En el mismo
lugar, ahí estaba la dama. Puntual como
la muerte, en la parada de autobuses.
Alexis dejo rodar el viejo Ford suavemente, lo detuvo y abrió la puerta desde
adentro. La mujer subió sin mirarlo. -
Cómo estas ALEJANDRA? Preguntó. No recibió respuesta.
Alexis noto
algunos cambios. La ropa era distinta:
Llevaba un vestido largo, pasado de moda.
Esa noche la mujer desprendía un olor a flores viejas. No le dio importancia entusiasmado por los
momentos que le esperaban. Tomo la ruta
de la vieja carretera que conducía a un Motel de amores furtivos en la salida
de la Ciudad.
Impaciente
tomó la mano de la mujer y la sintió muy fría.
Casi helada. La retiro de
inmediato sacudido por la impresión. Una
advertencia de peligro lo invadió. Su
corazón latía a ritmo acelerado, justo al momento que un vehículo que venía de
frente ilumino a su pasajera.
La visión era
espantosa. La hermosa mujer de la noche anterior estaba transformada en un ser
monstruoso: Los ojos saltaban de las órbitas inyectadas de sangre. De la boca salían enormes dientes destilando
una baba amarillenta. La nariz eran dos
agujeros de calavera que expulsaban un gas mal oliente y lo último que oyó fue
el crujir del volante cuando le partía el pecho. Del carro salió una figura desgarbada con una
carcajada macabra que asustó a la noche.
Al filo de la
madrugada una esposa angustiada esperaba a su marido. En la radio la fatídica noticia: - Acaba de ocurrir un accidente en la carretera
vieja, en el sitio conocido como LA RECTA DE LOS HOMBRES SOLOS a la salida de
la ciudad. Hay un hombre muerto que
responde al nombre de Alexis…- Comento con voz fría y profesional el locutor.
Otro accidente
en el mismo lugar. Las autoridades no
podían explicarse la razón. Era un
trecho largo, recto, sin obstáculos.
Solo la presencia de muchas cruces con nombres masculinos - Una por cada muerto. – Exceptuando una muy
vieja donde apenas se podía leer el nombre de una mujer: ALEJANDRA.

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