domingo, 10 de agosto de 2014

NOCHE DE  GRADUACIÓN 


I

Ya había finalizado el acto, camine emocionado como siempre por el pasillo de la alegría de los muchachos y del orgullo de los familiares. En ese trayecto decenas de birretes volaron por los aires acompañados del grito: -TERMINAMOS - . Apuré el paso ante la mirada de satisfacción de los asistentes. No he perdido el temor de que me den un birretazo  y sea el hazmerreír  de toda esta gente. Entre abrazos y felicitaciones de caras desconocidas, al fin pude llegar a la oficina y quitarme la toga. La noche era calurosa y con las luces del escenario solo se puede entregar títulos, colocar medallas y sudar.

Ya en ropa de paisano, me preparé para la infaltable sesión de fotos. – Profe una con mi mamá – Una con las primas-  Acá  Profe con mi tía que vino de Calabozo- Me pedían los muchachos. Yo me imagino al pobre graduando explicándole a todo el mundo quien es ese tipo con cara de aburrido que aparece abrazando a toda su familia. Pero lo hago con gusto. Me agrada ese último momento con los jóvenes antes de que se vayan con su flamante titulo.

Con suficientes fotos encima, me escurrí entre  abrazos y  besos para ir al brindis. Ya había saludado a la Profesora y me animaba la posibilidad de conversar  con ella en aquel sitio.

II

Al entrar al salón,  ya un enjambre de manos daba cuenta de los pasapalos. No distinguí rostros, solo manos ansiosas disputándose el ultimo pequeño y las chupeticas de pollo que aun quedaban. -A mi los actos de grado me asustan pero a todos estos tipos les da Hambre- Pensé.

-Felicitaciones, muy bonitas sus palabras,  me podría dar una copia de su discurso- Me dijeron cortésmente algunos pero sin perder de vista la mesa de la comida y sobre todo porque llegaron los huevitos de codorniz  y debían planificar con rapidez la ruta de ataque.

No tenía interés de competir con mis colegas y preferí buscar un trago. Nuevamente me encontré con esa mirada que me recordaba a los becerritos de la finca: unos ojos oscuros y redonditos con largas pestañas que siempre me habían gustado. Pero no eran solo los ojos, también unos labios dibujados por un artista que abrían paso a una hermosa sonrisa adornada de una brillante dentadura. En fin, un lindo rostro en perfecta armonía con un menudo pero bien formado cuerpo. La había visto muchas veces pero hoy estaba más radiante. Por cierto no estaba participando en la rebatiña de pasapalos.

Di un largo sorbo a mi whisky  preparado con  mucha soda y comencé a planificar el abordaje. No a la comida, ya ese ataque lo tenia perdido sino a la mujer. - ¿que broma , esa pareja nunca la deja sola ¿  ¿ Acaso son sus guardaespaldas ¿ - Me pregunte. La tenían flanqueada todo el tiempo. Uno a la derecha, la otra a la izquierda y ella en el centro. Quizás así lo especificaban las instrucciones del Manual Práctico de Protección de Mujeres Bonitas, que seguramente algún vago había escrito para   cuidarlas del asecho de los  hombres fastidiosos.

 Eso lo hacen solo con las  mujeres atractivas, las feas se cuidan solas o quedan a la intemperie, con la esperanza que la percepción de los caballeros cambie con los primeros cinco whiskisitos. Esa es matemáticamente la diferencia entre una fea y una bonita: exactamente cinco tragos. . Esta relación se pude reducir a tres si el interesado se los toma rápido. Ha sido comprobado en diferentes universidades.

Seguí dando algunas vueltas. Besitos acá, mas abrazos. Volví a intentar otra aproximación, a ver si se descuidaba la escolta, pero nada. Estaban bien entrenados, lo reconozco. Me di cuenta que cumplían el procedimiento aun para ir al baño: uno adelante, otro atrás y ella en el centro y después guardia en la puerta. -¿Qué bárbaros, esta gente tiene una disciplina militar ¿ -pensé.

Ya casi tiraba la toalla como los boxeadores, cuando se me acerco uno de los profesores amigos y me atreví a preguntarle:
-¿Cómo se llama aquella profesora?
-Quien la gordita?-
- No vale, la bonita. La que tiene escolta-
-Ah, ella es Maria Esther.- ¿Que te pasa Bandido, te interesa?- Me respondió con animo de ser cómplice. Pero me hice el loco y camine hacia otro lado del salón. Ahora por lo menos sabía el nombre: Maria Esther. -Se le podría decir Maries como al colombiano Juanes. No, a lo mejor le gustaba su nombre completo- Me dije en voz baja.

-¿Que le pasaría ¿ No la veo. ¿Será que ya se fue ¿Me pregunte. Sentí tranquilidad cuando vi. a uno de sus guardianes. -Seguro sigue aquí -. Era imposible que la dejaran ir sin protección. –  ¿ Pero donde esta ¿.- La respuesta me llego con una carcajada que salía de la parte trasera del comedor.  Algunos profesores se habían instalado en el patio, improvisando sillas. –Claro, ya se tragaron toda la comida y ahora le tocaba el turno a las cervezas- Razoné.

Me acerque y todos se reían. A la bonita. A Maria Esther la tenían sentada en el centro del grupo y ella disfrutaba del puesto de preferencia. -Ahora si es una Misión Imposible intentar un acercamiento. Se multiplico la escolta.- Además estaban en el segmento correspondientes a las anécdotas y chistes. Eran los mismos repetidos en cada brindis de graduación.

Resignado pensé:- Que va ¡ no sigo en esto. Me voy a dormir- Entonces como un ángel,  apareció el amigo, aquel que quería ser cómplice y me dijo: -Anímate Néstor, vamos a la fiesta . Tenemos una mesa. La vas a pasar muy bien- Insistió. Este tipo será brujo. El tiempo le daría sobradamente la razón..

No tenia ganas de ir pero la sonrisa de Maria Esther me convenció. La risa es una excelente terapia y ella podía ser la medicina que me recetó el medico. Además era posible que se descuidara la Guardia Pretoriana.

III

Ya la sala de fiestas estaba llena cuando llegue. Los graduandos y sus familiares ocupaban el inmenso salón formando un archipiélago de mesas y sillas en un océano de música, risas y alegría. Hacia tiempo que no iba a una fiesta de graduación.

Camine hacia la mesa de los invitados especiales y mi estomago dio un salto cuando la vi sentada. No se por que siempre hablan del corazón, esas emociones se sienten es en la barriga. Quizás porque es mas romántico hablar del corazón. No me imagino a los poetas escribiendo sobre las sensaciones de la panza.

Me aproxime al grupo y sorpresa: -¿No puede ser ¿- Proteste. –Sigue la vigilancia, estos tipos no se cansan- ¿ Que tiene esta muchacha que la cuidan tanto ¿. No abandonan  nunca las tácticas del Manual. Lejos de desanimarme, estimularon mi interés hacia ella. Salude cordialmente y con soltura le dije:- Hola Maria Esther, gusto en verte nuevamente- Como si la conociera de toda la vida. Sorprendida me respondió con su peculiar sonrisa y sus ojitos de vaca.

Busque una silla y me puse a esperar que sus cancerberos se descuidaran. La música comenzó a sonar. Un alegre merengue me sacudió los pies. Nuestros ojos se encontraron y eso basto para salir a la pista. Me gusto la gracia de sus movimientos, la suavidad de sus manos. Podía sentir la perfección de su espalda a través del delicado vestido. Yo disfrutaba el momento y parecía que ella también. Era capaz de anticipar mis pasos- Que, con mis dos pies izquierdos, no eran muchos, ni tampoco muy buenos- pero los sincronizaba con naturalidad como si fuera mi pareja de siempre. Termino el set, nos sentamos y nuevamente los policías reanudaron su trabajo: Uno acá, otra allá y tu de este lado.

Sin embargo el baile nos daría  otra oportunidad. Mas merengues, otra salida, vueltita, pasito, suéltala pa’ que se defienda, agárrala nuevamente y así muchas veces. Las palabras fueron pocas. La música no nos dejaba y los guardianes menos.

Lo que ocurrió después, no me gusto nada. Comenzaron a llegar otros que querían bailar con la bonita. -¿Que pasa? Ahora todos quieren con ella, - Me dije. El gordito, el más viejito. –Epa¡ No es un taxi- proteste en silencio.- La van a cansar con tantas vueltas.-  De pronto era  la mas cotizada del grupo. Todo seria diferente si me hubiese sentado a su  lado y con mi mejor y más expresiva “cara de perro”  espantaría a los intrusos.

 Las horas se deslizaron rápidamente y se acercaba el momento de la despedida: _ ¿Que voy a hacer? –Luego de un mal disimulado forcejeo con algunos oportunistas que querían llevarla a su casa, me les “colie” por la baranda como los buenos purasangre y se monto en mi carro. Había ganado. Me traje el premio mayor de la fiesta.

En el camino hablamos poco. En una maniobra, toque sus dedos y no procuro retirar la mano. Me quede quieto. Ni hable. Podía reaccionar y perder ese instante mágico. El contacto de unos centímetros de  piel que generaban impulsos y emociones por todo el cuerpo. Seguí haciendo malabarismos para manejar así con tal de no soltarla. El trayecto se hizo muy corto. Hubiese querido llevarla hasta Tucupita. Pero ya llegamos- Acá es mi casa- me dijo con una sonrisa de yo tampoco quiero llegar. Nos despedimos con un beso en la mejilla pero sin buscarlo nuestros labios se encontraron  muchas veces. Primero besos cortos y luego otros más largos y profundos en una danza frenética de apetitos y deseos. Aquella boquita dibujada por el artista ahora era mía. La oscuridad del carro era testigo de ese momento único e irrepetible: el de la primera vez.  El tiqui, tiqui, tiqui, de mi reloj de pulsera me despertó. Por Dios estaba soñando y ni siquiera le pedí su teléfono.-QUE BOLSA SOY.

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