MI BELLA Y EL MAR.
Por: Héctor Cardozo Lucena.
Para ella también todo comenzó allí. El mar
fue testigo y cómplice del amor de dos personas que se amaron intensamente y te
dieron la vida. Vigilo la pasión de sus
cuerpos y cobijo tu concepción. En tus
genes se incrusto su aroma, su calor, su fuerza, sus tonalidades y la
armonía de sus sonidos. Por eso te atrae tanto, te seduce, te embelesa. Lo
llevas por dentro y te proporciona esa savia que alimenta tu cuerpo y tu espíritu como una
fuente inagotable de energía. No puedes
estar muy lejos de el. Lo necesitas, es tu protector. Así ha sido y lo será siempre.
Tus primeros pasos
los distes tropezando en su playa. Altanera rechazabas mi apoyo y seguías
intentándolo mientras las olas mordisqueaban
tus piernitas hasta hacerte caer una y otra vez hasta que lo venciste.
Ya luego no te pudiste apartar. Las
vacaciones y las frecuentes salidas de familia nos llevaban a su encuentro y tú
lo disfrutabas como un viejo amigo. ¿Cuantas historias que conozco y otras que
nunca sabré viviste en el mar?
Y del mar también
llego tu amor. No podía ser de otra manera. Lo fuiste a buscar sabiendo la ruta. Exigías un compañero que fuera sal, agua, arena y calor. Lo encontraste y luchaste por
el con la certeza que era el indicado.
Venciste los obstáculos y tuviste que convencernos a todos que era el indicado. Con él
alimentaste aun más tu atracción hacia el mar. Era el complemento que faltaba
en tu vida.
¿Y como sellar esa
unión? Tenia que ser allí mismo, al abrigo
de ese pana cómplice e inseparable. Lo
planeaste así desde hace muchos años aun
sin saber con quien y cuando lo harías. El mar debía ser encubridor de tu amor
y quien le colocara el sello a tu unión como pareja. Nuevamente te dio la
fuerza para lograrlo.
Obedeciendo tu
plan, allí estábamos todos de blanco
como tú querías, al igual que las
gaviotas que jugaban con los peñeros junto al mar, la arena tibia y el atardecer conformando el escenario perfecto
con el que siempre soñaste. Te acompañamos en ese mágico momento cuando el sol te abrazaba complacido como un familiar más
antes de esconderse.
Tus seres queridos, los de sangre y los de
afecto oímos emocionados el dictamen que
los declaraba marido y mujer. Las cámaras sonaron cientos de veces los click
para registrar la alegría de nuestros corazones dibujados en las sonrisas. No
hubo nervios ni lágrimas solo regocijo y satisfacción. Tú nos contagiaste el gozo y
el mar nos relajo para presenciar una ceremonia llena de calidez y amor. Son buenos compañeros que debes
llevar en tu equipaje en esta nueva vida. Te vimos retozar en la playa como cuando eras niña, solo que
ahora estabas de la mano de tu esposo en una infantil carrera que solo debe
tener un destino: la felicidad. Tu mi bella hija ya estabas iniciando un nuevo
camino con la bendición de Dios, de tus padres, del sol que no quería irse y
del mar.
Luego decidiste
embarcarte en una travesía para ir a
saludar a tu inmortal camarada en otras latitudes y celebrar los primeros días
de matrimonio, los más dulces, los que quedan grabados en la memoria y en el
corazón. La miel de estos días puede permanecer toda tu vida construyendo la felicidad cada segundo
como un compromiso. La eternidad del amor no existe solo se arma pedazo a pedazo como un inmenso rompecabezas conformado por millones de buenos y malos
momentos, gestos, costumbres, alegrías y hasta de las tristezas compartidas. De allí debe resultar un amor maduro, responsable y
noble entendiendo que nada es tuyo para siempre y que solo tienes lo que vives
en este preciso instante.
En el futuro te
estará aguardando junto al mar, un viejo
lleno de arrugas y de cuentos que inventará para sus nietos Anakin Octavio y
Leia Mercedes y así mientras caminan por
la playa, vigilados por el fiel perro
Margarito, les llenará de fantasías sus corazones.

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