miércoles, 2 de julio de 2014




AMOR EN EL RÍO 
por Hèctor Cardozo Lucena 





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       Ada  era una hermosa niña, de ojos castaños, pelo azabache y deslumbrante sonrisa adornada de perlas. Creció a la orilla de un majestuoso río que le imprimió la dulzura de sus aguas pero también  el ímpetu y la fuerza de su carácter. Ese río siempre estaría presente en su vida sin importar la distancia. Por supuesto que siempre fue Reina de todos los eventos, sin embargo esos halagos no horadaron su humildad y sencillez. Así se fue haciendo mujer, con su sonrisa de luz  y todas las bandas y coronas de reina permanente. Tal vez porque siempre fue muy menuda sus hermanos comenzaron a cuidarla igual que a una reliquia.

          El día de la Santa Patrona del pueblo, debió llorar largo rato para que la dejaran bailar en la fiesta. Estaba realmente encantadora, sus cabellos, casi siempre trenzados, para preservarlos del viento, lucían sueltos y ondulantes, caían sobre sus hombros en finísima cascada, suaves las manos, cuidadas las uñas, no faltaba detalle en su vestido, cosido para la ocasión por su madre, una de las modistas más prestigiosas del lugar.

          Nuevamente era la reina de la noche, sus hermanos, vigilantes permanentes, estaban atentos de  que algún joven atrevido no se acercara mucho a la joya de la familia. Sin embargo ocurrió.  Por allí se apareció Pablo, Un joven de figura apuesta y  mirada seductora que salió de cacería esa noche y que mejor sitio que la fiesta del pueblo. 
  
          Cuando vio entrar al salón a la pequeña Ada, sintió un enorme alboroto hormonal que sacudió todo su cuerpo en una mezcla de interés y deseo varonil. Había encontrado su presa sin imaginar que el cazado seria él. De inmediato comenzó a tramar la táctica de acercamiento.

         Ya había percibido la férrea vigilancia de los escoltas de la bella. Comenzó el acecho, con paciencia espero el momento justo para saltar sobre aquel apetitoso bocado. La oportunidad se dio de repente y logro sacarla a bailar. En el mismo instante que tomo su mano se percató que había caído en una trampa. Una celada de la que muy pocos escapan ilesos. Su corazón se agito, sintió contracciones en el estómago, las piernas eran fideos recién cocidos. Todos  síntomas evidentes que se estaba enamorando. Cayó   rendido a esos flechazos que resultan  escasos pero muy fulminantes. Son los  que los románticos llaman: amor a primera vista.  

          Así con sus piernas de gelatina logro seguir los pasos de baile y acaparo toda la noche  la atención de Adita. Ella sintió emociones  parecidas pero tuvo el recato de disimularlas tal como debe hacerlo una jovencita decente, sin embargo dentro de ella se formaba un volcán que no tardaría en hacer erupción. Desde ese momento Pablo volvió a varias reuniones e  intento acercarse pero era casi imposible hasta que el omnipresente  el río les ofreció nuevamente la oportunidad de juntar sus cuerpos y almas.  
   
          Todo ocurrió de manera espontánea e impredecible como la vida misma. Una típica tarde de calor llanero, Ada y sus amigas fueron a bañarse en un recodo del río. Un minúsculo brazo de aguas tibias y cristalinas donde se formaba una poza que era delicia de los pocos  lugareños que conocían su existencia. Allí retozaron despreocupadas  toda la tarde, aliviando aquel  calor asfixiante. Al final del día, recogieron sus pertenecías y procedieron a regresar. A mitad del camino Ada se percató que le faltaba un libro que pretendía comenzar a leer. Advirtió  que se devolvería y que las alcanzaría más adelante. No podía imaginar la sorpresa que la vida le tenía preparada.

          Al llegar al borde del pequeño bosque de galería que ocultaba el tranquilo y solitario  pozo, pudo ver la figura atlética de Pablo que se sumergía en las  frescas aguas. Su corazón se paralizo y con él, sus pasos. Pero los ojos hablan un idioma, que nadie logra descifrar cuándo ellos quieren. Así que no hizo falta palabras. Ada magnetizada por el deseo,  entro en las aguas que se hicieron más tibias.

          Sorprendido por la mágica presencia de la mujer que le había quitado el sueño por tanto tiempo, Pablo salió a su encuentro. Nuevamente sintió su piel. Guardaron silencio largo rato. Sus cuerpos se rozaron al mecerse en las tranquilas aguas.  La atrajo  con suavidad y busco esos labios tan deseados. Al principio fueron besos cortos para dar paso a otros muy profundos y largos como queriendo succionar  el alma a través de su boca. Así la chica  conoció la pasión.  En un momento preciso el volcán hizo la esperada explosión que  estremeció  cada célula de su cuerpo, formando raras y abstractas imágenes en su cerebro. El mundo se paralizo por breves segundos que parecieron horas. Una placida relajación la invadió.  Los fuertes brazos del joven le brindaron refugio y nuevamente se instaló en su boca llenándose de paz. De esa manera Ada sumergida en  el padre río,  disfruto del verdadero amor.  
Al regresar a  casa no pudo explicar aquel raro brillo en sus ojos ni la amplia sonrisa que la acompaño por varios días. Con gran dificultad, por  la estrecha vigilancia de la muchacha, los amantes pudieron encontrarse varias veces. El rió fue siempre el  cómplice de su fogosidad  y guardo el secreto. Sin embargo los hilos del destino habían tejido un futuro distinto a lo que ellos querían.
Un día la chalana se llevó a Ada y a su familia para la capital en el afán de buscar nuevas posibilidades. El rio la despidió con tristeza y se encargó de darle la noticia a Pablo. La soledad invadió al muchacho que pasó muchos días visitando el pozo del amor con la esperanza de  que en algún momento apareciera entre la floresta   su amada,  como la primera vez. 
Eso no ocurrió. Las tibias aguas  consolaron el dolor que solo el abandono de un amor  puede producir. Muchas lágrimas brotaron de su alma y se convirtieron en  palabras que Pablo pudo trasladar al  papel.  De su pluma floreció el más puro sentimiento en forma de poesía. Ese talento que nació de un amor juvenil lo convirtió en un famoso escritor que siempre tuvo como musa a la bella Ada y al inseparable rió.
  Muchos inviernos y muchos veranos llenaron de historia a los amantes separados por el tiempo y la distancia. Cada quien cumplió lo previsto en el destino que juega caprichoso con nuestras vidas. Ella hizo una vida feliz con un esposo, unos hijos y hasta un perro. Alguna que otra noche sus pensamientos la llevaban de viaje para el rio y podía nuevamente, en la más profunda intimidad,  encontrarse con el amor. El siguió escribiendo lágrimas y sonrisas y compartiéndolas con miles de lectores que erigieron su éxito como poeta. Vivió muchos amores, con sus satisfacciones y congojas, pero ninguno como el de la bella del rio. 
          La plata  apareció en los  cabellos de Ada,  pero en nada redujo su belleza, más bien le imprimió la serena hermosura de la madurez. Ya sus hijos habían partido a edificar sus propias vidas y su marido también. Eran tiempos de soportar todo y quiso el destino que pasara un lapso de resignación y reposo en su pueblo que ya no era tan pequeño. En el primer encuentro el rió le contó las penas del amor que había dejado atrás. Su alma de lleno de nostalgia y nuevamente se atrevió a ir el pozo. Allí en la soledad, se encontró con los recuerdos que la estaban esperando. Sintió nuevamente los besos, las caricias, la pasión de su inolvidable Pablo, experimento el dulce calor en sus entrañas cual adolescente entendiendo  que el amor nunca envejece.

          Una tarde lluviosa y fresca  contagio el ánimo de los paisanos y  se entusiasmaron a asistir a un recital poético en la Casa de la Cultura. El invitado de honor era un famoso escritor que supo deleitar a los asistentes con el más hermoso recital de poesía que se pueda recordar. Nadie podía imaginar que esos versos  habían  nacido, muy cerca, en un recodo del rio, frutos de un amor que se fue sin  despedida. Pocos pudieron distinguir una lágrima que bajo por sus mejillas y  que no  se pudo convertir en palabra.

         Allí estaba Adita, oculta entre el  público, sin mayor interés que salir del aburrimiento. De inmediato lo reconoció. Aquel señor  aun con sus cabellos blancos conservaba su galanura. Un nudo en la garganta dificultó su respiración y con el corazón casi paralizado logro salir del recinto: No podía creer que él  estuviera a pocos pasos. Que figura había tejido el destino para encontrarlo de nuevo? – ahora qué hago?- pensó. –lo saludo?- me reconocerá? Absorta en un remolino de emociones y pensamientos no se dio cuenta que el acto había terminado. En minutos comenzaron a desalojar el recinto y rodeado por sus admiradores salió el apuesto caballero. Él también la reconoció pero no se atrevió a saludarla. Todo era confuso. Nuevamente se alejaron caminando  en emociones opuestas: él reviviendo el abandono y ella recordando la pasión. Es curioso los caprichos de las relaciones, en la distancia afloran los bellos momentos y en la cercanía los dolorosos.

          Él estaba asustado, no quería sufrir nuevamente, intento cerrar   sus verdaderos sentimientos y  la posibilidad de un amor que creía olvidado. Con esas cavilaciones, sus pasos lo fueron llevando al encuentro con un viejo amigo. Allí en el malecón, el fiel  río le habló acerca de la congoja de Ada. Le dio detalles de sus lágrimas y angustias. La revelación sin duda lo consoló y lleno su corazón de esperanza aunque no disipo todas las dudas.

        El padre río comprendió que su misión estaba inconclusa. Debía nuevamente acercar  a dos seres que conocía bien por haberlos bañado de ardor y ternura hasta amalgamar el más bello amor. 

        La ocasión se presentó más pronto de lo esperado. Aquella tarde se vistió de gala con la  plata y el  oro tomada de la puesta del sol. En su orilla, junto al recodo propicio el nuevo encuentro de sus hijos. No hubo palabras. Sus miradas vertieron años de sentimientos  acumulados y que los amantes supieron transcribir al lenguaje corporal de las caricias. Entonces en un inusitado acto de la naturaleza, detuvo su cauce por unos instantes para contemplar el amor nuevamente con el compromiso de preservarlo hasta siempre.




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