AMOR EN EL RÍO
por Hèctor Cardozo Lucena
.
Ada era una hermosa niña,
de ojos castaños, pelo azabache y deslumbrante sonrisa adornada de perlas.
Creció a la orilla de un majestuoso río que le imprimió la dulzura de sus aguas
pero también el ímpetu y la fuerza de su
carácter. Ese río siempre estaría presente en su vida sin importar la
distancia. Por supuesto que siempre fue Reina de todos los eventos, sin embargo
esos halagos no horadaron su humildad y sencillez. Así se fue haciendo mujer,
con su sonrisa de luz y todas las bandas
y coronas de reina permanente. Tal vez porque siempre fue muy menuda sus
hermanos comenzaron a cuidarla igual que a una reliquia.
El día de la
Santa Patrona del pueblo, debió llorar largo rato para que la dejaran bailar en
la fiesta. Estaba realmente encantadora, sus cabellos, casi siempre trenzados,
para preservarlos del viento, lucían sueltos y ondulantes, caían sobre sus
hombros en finísima cascada, suaves las manos, cuidadas las uñas, no faltaba
detalle en su vestido, cosido para la ocasión por su madre, una de las modistas
más prestigiosas del lugar.
Nuevamente era
la reina de la noche, sus hermanos, vigilantes permanentes, estaban atentos
de que algún joven atrevido no se
acercara mucho a la joya de la familia. Sin embargo ocurrió. Por allí se apareció Pablo, Un joven de
figura apuesta y mirada seductora que
salió de cacería esa noche y que mejor sitio que la fiesta del pueblo.
Cuando vio entrar
al salón a la pequeña Ada, sintió un enorme alboroto hormonal que sacudió todo
su cuerpo en una mezcla de interés y deseo varonil. Había encontrado su presa
sin imaginar que el cazado seria él. De inmediato comenzó a tramar la táctica
de acercamiento.
Ya había
percibido la férrea vigilancia de los escoltas de la bella. Comenzó el acecho,
con paciencia espero el momento justo para saltar sobre aquel apetitoso bocado.
La oportunidad se dio de repente y logro sacarla a bailar. En el mismo instante
que tomo su mano se percató que había caído en una trampa. Una celada de la que
muy pocos escapan ilesos. Su corazón se agito, sintió contracciones en el estómago,
las piernas eran fideos recién cocidos. Todos síntomas evidentes que se estaba enamorando. Cayó rendido a esos flechazos que resultan escasos pero muy fulminantes. Son los que los románticos llaman: amor a primera
vista.
Así con sus
piernas de gelatina logro seguir los pasos de baile y acaparo toda la noche la atención de Adita. Ella sintió
emociones parecidas pero tuvo el recato
de disimularlas tal como debe hacerlo una jovencita decente, sin embargo dentro
de ella se formaba un volcán que no tardaría en hacer erupción. Desde ese
momento Pablo volvió a varias reuniones e intento acercarse pero era casi imposible hasta
que el omnipresente el río les ofreció nuevamente la oportunidad de juntar sus cuerpos y almas.
Todo ocurrió de
manera espontánea e impredecible como la vida misma. Una típica tarde de calor
llanero, Ada y sus amigas fueron a bañarse en un recodo del río. Un minúsculo
brazo de aguas tibias y cristalinas donde se formaba una poza que era delicia
de los pocos lugareños que conocían su
existencia. Allí retozaron despreocupadas
toda la tarde, aliviando aquel
calor asfixiante. Al final del día, recogieron sus pertenecías y
procedieron a regresar. A mitad del camino Ada se percató que le faltaba un
libro que pretendía comenzar a leer. Advirtió que se devolvería y que las alcanzaría más
adelante. No podía imaginar la sorpresa que la vida le tenía preparada.
Al llegar al
borde del pequeño bosque de galería que ocultaba el tranquilo y solitario pozo, pudo ver la figura atlética de Pablo que
se sumergía en las frescas aguas. Su
corazón se paralizo y con él, sus pasos. Pero los ojos hablan un idioma, que
nadie logra descifrar cuándo ellos quieren. Así que no hizo falta palabras. Ada
magnetizada por el deseo, entro en las
aguas que se hicieron más tibias.
Sorprendido por la mágica presencia de la mujer que le había
quitado el sueño por tanto tiempo, Pablo salió a su encuentro. Nuevamente
sintió su piel. Guardaron silencio largo rato. Sus cuerpos se rozaron al mecerse
en las tranquilas aguas. La atrajo con suavidad y busco esos labios tan deseados.
Al principio fueron besos cortos para dar paso a otros muy profundos y largos
como queriendo succionar el alma a
través de su boca. Así la chica conoció la pasión. En un
momento preciso el volcán hizo la esperada explosión que estremeció
cada célula de su cuerpo, formando raras
y abstractas imágenes en su cerebro. El mundo se paralizo por breves segundos que
parecieron horas. Una placida relajación la invadió. Los fuertes brazos del joven le brindaron
refugio y nuevamente se instaló en su boca llenándose de paz. De esa manera
Ada sumergida en el padre río, disfruto del
verdadero amor.
Al regresar a casa no
pudo explicar aquel raro brillo en sus ojos ni la amplia sonrisa que la
acompaño por varios días. Con gran dificultad, por la estrecha vigilancia de la muchacha, los
amantes pudieron encontrarse varias veces. El rió fue siempre el cómplice de su fogosidad y guardo el secreto. Sin embargo los hilos del destino habían tejido un futuro distinto a lo que ellos
querían.
Un día la chalana se llevó a Ada y a su familia para la capital
en el afán de buscar nuevas posibilidades. El rio la despidió con tristeza y se
encargó de darle la noticia a Pablo. La soledad invadió al muchacho que pasó
muchos días visitando el pozo del amor con la esperanza de que en algún momento apareciera entre la
floresta su amada, como la primera vez.
Eso no ocurrió. Las
tibias aguas consolaron el dolor que
solo el abandono de un amor puede
producir. Muchas lágrimas brotaron de su alma y se convirtieron en palabras que Pablo pudo trasladar al papel. De su pluma floreció el más puro sentimiento
en forma de poesía. Ese talento que nació de un amor juvenil lo convirtió en un
famoso escritor que siempre tuvo como musa a la bella Ada y al inseparable rió.
Muchos inviernos y muchos veranos llenaron de historia a los
amantes separados por el tiempo y la distancia. Cada quien cumplió lo previsto
en el destino que juega caprichoso con nuestras vidas. Ella hizo una vida feliz
con un esposo, unos hijos y hasta un perro. Alguna que otra noche sus
pensamientos la llevaban de viaje para el rio y podía nuevamente, en la más
profunda intimidad, encontrarse con el amor.
El siguió escribiendo lágrimas y sonrisas y compartiéndolas con miles de
lectores que erigieron su éxito como poeta. Vivió muchos amores, con sus
satisfacciones y congojas, pero ninguno como el de la bella del rio.
La plata apareció en los cabellos de Ada, pero en nada redujo su belleza, más bien le
imprimió la serena hermosura de la madurez. Ya sus hijos habían partido a
edificar sus propias vidas y su marido también. Eran tiempos de soportar todo y
quiso el destino que pasara un lapso de resignación y reposo en su pueblo que
ya no era tan pequeño. En el primer encuentro el rió le contó las penas del
amor que había dejado atrás. Su alma de lleno de nostalgia y nuevamente se
atrevió a ir el pozo. Allí en la soledad, se encontró con los recuerdos que la
estaban esperando. Sintió nuevamente los besos, las caricias, la pasión de su
inolvidable Pablo, experimento el dulce calor en sus entrañas cual adolescente
entendiendo que el amor nunca envejece.
Una tarde lluviosa
y fresca contagio el ánimo de los
paisanos y se entusiasmaron a asistir a
un recital poético en la Casa de la Cultura. El invitado de honor era un famoso
escritor que supo deleitar a los asistentes con el más hermoso recital de
poesía que se pueda recordar. Nadie podía imaginar que esos versos habían nacido, muy cerca, en un recodo del rio, frutos
de un amor que se fue sin despedida.
Pocos pudieron distinguir una lágrima que bajo por sus mejillas y que no
se pudo convertir en palabra.
Allí estaba Adita, oculta entre el público, sin mayor interés que salir del
aburrimiento. De inmediato lo reconoció. Aquel señor aun con sus cabellos blancos conservaba su
galanura. Un nudo en la garganta dificultó su respiración y con el corazón casi
paralizado logro salir del recinto: No podía creer que él estuviera a pocos pasos. Que figura había
tejido el destino para encontrarlo de nuevo? – ahora qué hago?- pensó. –lo
saludo?- me reconocerá? Absorta en un remolino de emociones y pensamientos no
se dio cuenta que el acto había terminado. En minutos comenzaron a desalojar el
recinto y rodeado por sus admiradores salió el apuesto caballero. Él también la
reconoció pero no se atrevió a saludarla. Todo era confuso. Nuevamente se
alejaron caminando en emociones
opuestas: él reviviendo el abandono y ella recordando la pasión. Es curioso los
caprichos de las relaciones, en la distancia afloran los bellos momentos y en
la cercanía los dolorosos.
Él
estaba asustado, no quería sufrir nuevamente, intento cerrar sus verdaderos sentimientos y la posibilidad de un amor que creía olvidado.
Con esas cavilaciones, sus pasos lo fueron llevando al encuentro con un viejo
amigo. Allí en el malecón, el fiel río le habló acerca de la congoja de Ada. Le dio detalles de sus lágrimas y angustias. La
revelación sin duda lo consoló y lleno su corazón de esperanza aunque no disipo
todas las dudas.
El padre río comprendió
que su misión estaba inconclusa. Debía nuevamente acercar a dos seres que conocía bien por haberlos
bañado de ardor y ternura hasta amalgamar el más bello amor.
La ocasión se
presentó más pronto de lo esperado. Aquella tarde se vistió de gala con la plata y el oro tomada de la puesta del sol. En su orilla,
junto al recodo propicio el nuevo encuentro de sus hijos. No hubo palabras. Sus
miradas vertieron años de sentimientos acumulados y que los amantes supieron
transcribir al lenguaje corporal de las caricias. Entonces en un inusitado acto
de la naturaleza, detuvo su cauce por unos instantes para contemplar el amor
nuevamente con el compromiso de preservarlo hasta siempre.

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