EL GUARDIÁN DE LA MONTAÑA
Por, Hector Cardozo Lucena
He oído muchas
historias en mi vida. Cuentos de
fantasmas y aparecidos que me hacían sudar cuando pequeño y buscar el amparo en
los brazos de mi vieja. Con el tiempo
esas historias resultan ajenas porque le suceden a otros. ¿Que diferente es cuando uno mismo se
convierte en protagonista de una leyenda de aparecidos?.
Ocurrió no
hace mucho tiempo. Como estudiantes
universitarios bebíamos preparar una investigación sobre la presencia de
culturas indígenas en Cojedes. La
montaña de Cerro Azul, al norte, resultaba ideal para nuestros prepósitos. Eran bien conocidos los petroglifos
precolombinos ubicados arriba, tocando las nubes, a mas de 1000 mts. de altura.
Con la emoción
característica por la excursión, iniciamos los preparativos. Cuatro compañeros y amigos de la Universidad : Julián
Medina, el folklórico, alegre y amante de la música, su pequeña estatura no
alcanzaba a cubrir su potente voz. Luís
Meza, el gordo bonachón y solidario, siempre dispuesto, con una sonrisa, a
acompañarnos en cualquier enredo. Jesús
Vásquez alto y fornido con mucha experiencia en excursionismo, detrás de su
seriedad se escondía una persona sensible y cordial, tenia cualidades innatas
de líder y por supuesto asumió la conducción del grupo. Todos habían realizado montañismo menos yo.
En principio
pensamos subir al cerro a pie desde la población de Manrique pero luego nos
decidimos llevar el viejo Jeep del año 57, fiel amigo de aventuras. Compramos comida para unos cinco días de
viaje. Fue motivo de burla la gran
cantidad de ropa que metí en el morral como una muestra evidente de mi
novaterìa. Entre bromas y la música de Julián recibimos el alba.
Tomamos vía
Manrique en el viejo jeep que agonizaba con su “tosio” en cada subida. La pobre maquina no quería seguir. Era un mal presagio de la terrible vivencia
que nos esperaba. La pintoresca población nos recibió con su frescor y su gente
buena. Buscamos la casa de Emeterio,
experto baquiano y conocedor de la montaña, quien se excusó de no poder
acompañarnos porque se sentía enfermo.
Mucho tiempo después, confesó que evita ir al Cerro en el mes de Mayo
porque están alborotados los espíritus.
Nos recomendó a su sobrino Heriberto, hombre flaco, mal encarado y
fanfarrón. No tuvimos empatìa desde el
primer momento. Pero lo importante era
su conocimiento sobre el camino.
Luego de
desayunar, revisamos el jeep, un pequeño ajuste mecánico y aclaramos su
“tos”. El camino engransonado nos llevó
a las cinco o seis casas que forman tierras calientes, nombre absurdo para un
poblado frío.
Seguimos
subiendo, helechos de todo tipo nos saludaban.
Una alegre familia de araguatos nos acompañó buena parte del trayecto,
saltaban juguetones de rama en rama. Julio me dijo apuntando con los labios a
Luís – Mira el más viejo se parece al gordo – Me reí a carcajadas y el pobre
gordo respondió con su inocente sonrisa sin saber el motivo de la burla. Llegamos al pueblo de La Sierra.
Una sola calle guindada en la montaña con sus pequeños
conucos y bueyes anclados en el tiempo.
Los perros realengos se ensañaron con los gastados cauchos del
jeep. Realizamos otra parada para
revisar nuevamente el motor y comprar algunas frutas. Los duraznos llenaron de dulzura nuestros
golpeados cuerpos.
Jesús, el
líder del grupo, estaba preocupado. Los
problemas del carro, así como algunas discusiones con el antipático baquiano
sobre la ruta a seguir, lo tenían inquieto.
Se sentía responsable por todos y pude percibir en su mirada, la
vacilación y el deseo de suspender el viaje.
Una niebla prematura, oscureció el ambiente. Esperamos que se disipara. A media tarde, salió el sol y allí estaba,
majestuoso nuestro destino: Cerro Azul. La terminación de la cordillera de la
costa, al norte el macizo de Nirgua.
Decidimos
continuar el viaje a pie. Fue una
terquedad. Era preferible pasar la noche
en La Sierra. Muy pronto nos
arrepentimos. Al finalizar la tarde
comenzamos a adentrarnos en la montaña.
Julio, el cantante, dejo de cantar extasiado con la imponente
vegetación: palmeras, helechos arborescentes, cientos de orquídeas y otras
epifitas soldadas en los grandes árboles, creaban un ambiente sobrecogedor y
misterioso. Al frente del grupo caminaba
Jesús y al final sudorosa y lento Luís.
Yo en el medio. Cruzamos varias
quebradas antes de llegar a Las Guafas, sitio escogido para acampar y pasar la
noche.
El lugar era
un claro en medio de la espesura.
Preparamos las dos carpas para dormir.
Estábamos cansados y la salida de la luna entre las copas de los
gigantes invitaba al descanso. Una cena
ligera y nos metimos a las tiendas. De
repente el monótono canto de los grillos y sapos fue violado por un ruido
amenazador. Presurosos salimos de las
carpas y buscamos en todas las direcciones su origen. Todos teníamos mirada de terror pero más
Heriberto, el baquiano, quien parecía saber lo que ocurría. Otra vez el ruido y lo identificamos como un
gruñido de un animal grande acercándose.
El miedo
agudizo mis sentidos y fui el primero en gritar - ¡Allí está!, sobre aquel
tronco – Unos ojos llenos de fuego y unos afilados dientes se abalanzaron sobre
nosotros. Era un perro salvaje. El pobre Julio recibió el ataque. El animal hundió su mandíbula en la pierna
del compañero, al tiempo que Jesús disparaba la escopeta hiriendo al can en el
lomo. El aullido fue espantoso y el eco de la montaña lo multiplicó por mil. Se
fue agonizando y no supimos el rumbo.
La pierna de
Julio sangraba mucho y su canto permanente fue sustituido por gritos de
dolor. Limpiamos la herida y le dimos un
calmante para tranquilizarlo. Era
necesario que lo atendiera un médico. El
resto de la noche fue agobiante entre los ruidos, el miedo y los lamentos del
herido.
Antes del
amanecer, acordamos enviar a Julio a Manrique para que le curaran la
pierna. Luís, siempre solidario, se
ofreció a llevarlo acompañado por Heriberto.
Jesús y yo seguiríamos para completar la tarea. Antes de partir el baquiano nos dio algunas
instrucciones y recomendaciones sobre una ofrenda.- Deben hacer un acto de
recogimiento y humildad en el primer pozo que encuentren: Explicó – Dejen un poco de comida y
aguardiente y soliciten permiso al GUARDIAN DE LA MONTAÑA, sólo así podrán
seguir – sentencio muy serio Heriberto.
Por la preocupación del viaje no le prestamos atención. A mi me parecía otra de sus jactancias. Lo lamentaría muy pronto.
Cada quien
tomó su camino. Tres hacia Manrique y
nosotros a la derecha. El día era
generoso. El suave clima hacia ligera la
caminata. Enormes samanes y caobas,
gigantes rascacielos del bosque, protegían la fauna. Las bandadas de pericos pico rojo alegraban
la montaña con su alboroto. Encontramos
un pequeño pozo, en la orilla algún descuidado visitante había dejado restos de
comida y una botellita de licor – Que pena – me dije – Siempre ensuciando – No
recordaba el significado de aquella comida.
Muy cerca nos deslumbró una cascada, como de 60 mts, que incitaba al
baño. Me prepare a hacerlo cuando sentí
un movimiento en la hojarasca. El piso
vegetal se movía con sinuosidad y el alerta del peligro me invadió. Jesús sabía lo que era. Los músculos tensos me impedían moverme y
apareció una enfurecida mapanare de unos
dos metros, gruesa como un tronco. Los
ojos fijos con esa mirada vidriosa me hipnotizaron – Cuidado te va atacar –
Gritó Jesús. Yo estaba paralizado
esperando la fatal mordida. Apenas sentí
el empujón de mi amigo y caí entre las piedras.
El reptil había fallado por muy poco.
El miedo nos quitó las ganas de bañarnos y nos alejamos del lugar.
En pleno
bosque como a dos horas de camino comenzamos a ver las ruinas de una hacienda
cafetalera de la época colonial. Era uno
de los destinos en nuestra ruta. Enormes
paredes mostraban la magnificencia del lugar.
La casona mayor estaba destruida y como una ironía, la mas humilde, la
cada de la servidumbre seguía en pie. –
Tomemos las fotos – dijo Jesús. Preferí
no aparecer en ninguna. Aún tenía
reflejado en el rostro, el susto de la culebra.
Había un olor
siniestro. Olía a dolor, a muerte, a
sufrimiento. Aun se conservan en el
sótano los grilletes donde amarraban a los esclavos rebeldes. Muchos morían en las torturas. Esos cuerpos fueron enterrados cerca y estoy
seguro que las almas permanecen custodiando el lugar. Presuroso tomé nota de lo más importante y
marque en un mapa la ubicación aproximada.
Deseaba salir rápido de aquel sitio.
La tarde fue
cayendo y con ella la neblina – Apuremos el paso – Grito Jesús – Hay que llegar
a los Mangos para pasar la noche – Era el sitio antes de Berreblen donde se
encuentran los petroglifos indígenas.
Luego de una hora por el sendero nos recibieron dos imponentes árboles
de mangos que nade sabe quien los sembró, pero le daban el nombre al
refugio. Ubicamos las carpas. Comenzó a
llover, una lluvia menuda como un spray, muy fría. Jesús comentó - ¡Qué día
compañero! – primero el ataque del perro, la serpiente, las imágenes de los
esclavos torturados y ahora la lluvia – no le respondí. El amigo comprendió mi desanimo y se acomodó
en su saco de dormir. Yo estaba
pendiente de los ruidos de la noche. Muy
alterado trataba de conciliar el sueño, que me abrazo poco a poco.
Unas
guacamayas nos llamaron a levantarnos.
Fulgurante, el astro rey bañaba la montaña con cientos de tonalidades
verde azulado. Prometí un gran día. Desayunamos rápidamente y partimos. La fresca mañana nos llenó de pensamientos
agradables y positivos.
Por una
pendiente guardamos el equilibrio con dificultad. Me agarre de algunos arbustos y al poco
tiempo llegamos a un terreno más plano.
Más al norte estaba Berreblen donde tomaríamos las fotos y los apuntes sobre
los yacimientos indígenas. Marcamos unos
árboles para reconocer el camino de regreso.
Súbitamente algo nos paralizó. Eran aullidos. Primero se oían al sur muy lejos y casi de
inmediato frente a nosotros. Una pared
de niebla bajó de improviso. De pronto
el silencio. Un silencio que asustaba
más que el ruido. Mi corazón se
reventaba, busqué a Jesús quien también estaba paralizado. ¿Qué pasa’ ¿Son perros, nuevamente? –
Pregunte – No recibí respuesta, solo una mirada de terror. Mi cuerpo se erizó. Otra vez el aullido ahora, mas cerca. El pánico endureció todos mis músculos. Lo que fuera lo tenia al frente. Muy próximo, casi me tocaba. Forcé la mirada
en un intento por localizar algún bulto o movimiento pero fue inútil. Tropiece con Jesús, que estaba rezando. Pavoroso recordé la historia del guía. El aullido era, insoportable. ¡Ahora si! A través de la niebla percibí una
figura que avanzaba, hacia nosotros. Los
aullidos se confundían con un ruido metálico ¿Serán los fantasmas de los esclavos?
– deliré ¡Dios mío! - ¿Qué es? Grite desesperado. Oí el grito angustiado de Jesús y apareció
entre las brumas la monstruosa silueta
de un jinete muy alto, tan alto que los pies tocaban el suelo. Montado en un carapacho de caballo. Al acercarse me sorprendió aún más que el
hombre no tuviera facciones, ni ojos, ni boca.
La cabeza era como una pequeña auyama con muchas estrías o surcos. Del hocico del animal exhalaba un vaho
verdoso y pestilente. La cabalgadura era
de hierro oxidado y chocaba con el esqueleto produciendo un chirrido. Aquella imagen era espantosa. Estábamos solos a merced de aquel
espectro. El aullido nos golpeó y caímos
desplomados. Afortunadamente el silencio
de la inconsciencia se apoderó de nuestros cuerpos. El Guardián de la montaña había cobrado la
afrenta.
Era casi medio
día cuando desperté. La neblina había
desaparecido. Con el miedo gobernando
cada célula de mi cuerpo busque a mi compañero.
Estaba tirado en la maleza. Traté
de levantarlo pero no pude - ¿Estará muerto? – Me dije. Lo sacudí y lentamente recobró el
sentido. Tenia una mascara de pánico, no
podía hablar. Lo ayude a levantarse y
apuramos el regreso. A pesar de las
marcas dejadas en los árboles, nos perdimos varias veces. Casi de noche vimos las pequeñas luces de La
Sierra. – ¡Gracias a Dios! - Imploré
jurando nunca más ofender a los espíritus.
Aquella
experiencia había transformado para siempre a mi amigo Jesús Vásquez. No volvió a ser el mismo hombre fuerte y
decidido que conocí. Su mente no soportó
el macabro encuentro y hoy camina macilento y triste por las calles de San
Carlos.

Hector te felicito. Excelente relato, en mi niñez siempre nos gustaba escuchar los cuentos de apariciones, muertos y todo lo que produjera esta misma sensación que tengo en este momento, El Guardián de la Montaña, me trajo esas remembranzas.
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