martes, 24 de junio de 2014






EL GUARDIÁN DE LA MONTAÑA
Por, Hector Cardozo Lucena




He oído muchas historias en mi vida.  Cuentos de fantasmas y aparecidos que me hacían sudar cuando pequeño y buscar el amparo en los brazos de mi vieja.  Con el tiempo esas historias resultan ajenas porque le suceden a otros.  ¿Que diferente es cuando uno mismo se convierte en protagonista de una leyenda de aparecidos?.

Ocurrió no hace mucho tiempo.  Como estudiantes universitarios bebíamos preparar una investigación sobre la presencia de culturas indígenas en Cojedes.  La montaña de Cerro Azul, al norte, resultaba ideal para nuestros prepósitos.  Eran bien conocidos los petroglifos precolombinos ubicados arriba, tocando las nubes, a mas de 1000 mts. de altura.

Con la emoción característica por la excursión, iniciamos los preparativos.  Cuatro compañeros y amigos de la Universidad: Julián Medina, el folklórico, alegre y amante de la música, su pequeña estatura no alcanzaba a cubrir su potente voz.  Luís Meza, el gordo bonachón y solidario, siempre dispuesto, con una sonrisa, a acompañarnos en cualquier enredo.  Jesús Vásquez alto y fornido con mucha experiencia en excursionismo, detrás de su seriedad se escondía una persona sensible y cordial, tenia cualidades innatas de líder y por supuesto asumió la conducción del grupo.  Todos habían realizado montañismo menos yo.

En principio pensamos subir al cerro a pie desde la población de Manrique pero luego nos decidimos llevar el viejo Jeep del año 57, fiel amigo de aventuras.  Compramos comida para unos cinco días de viaje.  Fue motivo de burla la gran cantidad de ropa que metí en el morral como una muestra evidente de mi novaterìa. Entre bromas y la música de Julián recibimos el alba.

Tomamos vía Manrique en el viejo jeep que agonizaba con su “tosio” en cada subida.  La pobre maquina no quería seguir.  Era un mal presagio de la terrible vivencia que nos esperaba. La pintoresca población nos recibió con su frescor y su gente buena.  Buscamos la casa de Emeterio, experto baquiano y conocedor de la montaña, quien se excusó de no poder acompañarnos porque se sentía enfermo.  Mucho tiempo después, confesó que evita ir al Cerro en el mes de Mayo porque están alborotados los espíritus.  Nos recomendó a su sobrino Heriberto, hombre flaco, mal encarado y fanfarrón.  No tuvimos empatìa desde el primer momento.  Pero lo importante era su conocimiento sobre el camino.

Luego de desayunar, revisamos el jeep, un pequeño ajuste mecánico y aclaramos su “tos”.  El camino engransonado nos llevó a las cinco o seis casas que forman tierras calientes, nombre absurdo para un poblado frío.

Seguimos subiendo, helechos de todo tipo nos saludaban.  Una alegre familia de araguatos nos acompañó buena parte del trayecto, saltaban juguetones de rama en rama. Julio me dijo apuntando con los labios a Luís – Mira el más viejo se parece al gordo – Me reí a carcajadas y el pobre gordo respondió con su inocente sonrisa sin saber el motivo de la burla.  Llegamos al pueblo de La Sierra.  Una sola calle guindada en la montaña con sus pequeños conucos y bueyes anclados en el tiempo.  Los perros realengos se ensañaron con los gastados cauchos del jeep.  Realizamos otra parada para revisar nuevamente el motor y comprar algunas frutas.  Los duraznos llenaron de dulzura nuestros golpeados cuerpos.

Jesús, el líder del grupo, estaba preocupado.  Los problemas del carro, así como algunas discusiones con el antipático baquiano sobre la ruta a seguir, lo tenían inquieto.   Se sentía responsable por todos y pude percibir en su mirada, la vacilación y el deseo de suspender el viaje.  Una niebla prematura, oscureció el ambiente.  Esperamos que se disipara.  A media tarde, salió el sol y allí estaba, majestuoso nuestro destino: Cerro Azul. La terminación de la cordillera de la costa, al norte el macizo de Nirgua.

Decidimos continuar el viaje a pie.  Fue una terquedad.  Era preferible pasar la noche en La Sierra.  Muy pronto nos arrepentimos.  Al finalizar la tarde comenzamos a adentrarnos en la montaña.  Julio, el cantante, dejo de cantar extasiado con la imponente vegetación: palmeras, helechos arborescentes, cientos de orquídeas y otras epifitas soldadas en los grandes árboles, creaban un ambiente sobrecogedor y misterioso.  Al frente del grupo caminaba Jesús y al final sudorosa y lento Luís.  Yo en el medio.  Cruzamos varias quebradas antes de llegar a Las Guafas, sitio escogido para acampar y pasar la noche.

El lugar era un claro en medio de la espesura.  Preparamos las dos carpas para dormir.  Estábamos cansados y la salida de la luna entre las copas de los gigantes invitaba al descanso.  Una cena ligera y nos metimos a las tiendas.  De repente el monótono canto de los grillos y sapos fue violado por un ruido amenazador.  Presurosos salimos de las carpas y buscamos en todas las direcciones su origen.  Todos teníamos mirada de terror pero más Heriberto, el baquiano, quien parecía saber lo que ocurría.  Otra vez el ruido y lo identificamos como un gruñido de un animal grande acercándose. 

El miedo agudizo mis sentidos y fui el primero en gritar - ¡Allí está!, sobre aquel tronco – Unos ojos llenos de fuego y unos afilados dientes se abalanzaron sobre nosotros.  Era un perro salvaje.  El pobre Julio recibió el ataque.  El animal hundió su mandíbula en la pierna del compañero, al tiempo que Jesús disparaba la escopeta hiriendo al can en el lomo. El aullido fue espantoso y el eco de la montaña lo multiplicó por mil. Se fue agonizando y no supimos el rumbo.

La pierna de Julio sangraba mucho y su canto permanente fue sustituido por gritos de dolor.  Limpiamos la herida y le dimos un calmante para tranquilizarlo.  Era necesario que lo atendiera un médico.  El resto de la noche fue agobiante entre los ruidos, el miedo y los lamentos del herido.

Antes del amanecer, acordamos enviar a Julio a Manrique para que le curaran la pierna.  Luís, siempre solidario, se ofreció a llevarlo acompañado por Heriberto.  Jesús y yo seguiríamos para completar la tarea.  Antes de partir el baquiano nos dio algunas instrucciones y recomendaciones sobre una ofrenda.- Deben hacer un acto de recogimiento y humildad en el primer pozo que encuentren:  Explicó – Dejen un poco de comida y aguardiente y soliciten permiso al GUARDIAN DE LA MONTAÑA, sólo así podrán seguir – sentencio muy serio Heriberto.  Por la preocupación del viaje no le prestamos atención.  A mi me parecía otra de sus jactancias.  Lo lamentaría muy pronto.

Cada quien tomó su camino.  Tres hacia Manrique y nosotros a la derecha.  El día era generoso.  El suave clima hacia ligera la caminata.  Enormes samanes y caobas, gigantes rascacielos del bosque, protegían la fauna.  Las bandadas de pericos pico rojo alegraban la montaña con su alboroto.  Encontramos un pequeño pozo, en la orilla algún descuidado visitante había dejado restos de comida y una botellita de licor – Que pena – me dije – Siempre ensuciando – No recordaba el significado de aquella comida.  Muy cerca nos deslumbró una cascada, como de 60 mts, que incitaba al baño.  Me prepare a hacerlo cuando sentí un movimiento en la hojarasca.  El piso vegetal se movía con sinuosidad y el alerta del peligro me invadió.  Jesús sabía lo que era.  Los músculos tensos me impedían moverme y apareció  una enfurecida mapanare de unos dos metros, gruesa como un tronco.  Los ojos fijos con esa mirada vidriosa me hipnotizaron – Cuidado te va atacar – Gritó Jesús.  Yo estaba paralizado esperando la fatal mordida.  Apenas sentí el empujón de mi amigo y caí entre las piedras.  El reptil había fallado por muy poco.  El miedo nos quitó las ganas de bañarnos y nos alejamos del lugar.

En pleno bosque como a dos horas de camino comenzamos a ver las ruinas de una hacienda cafetalera de la época colonial.  Era uno de los destinos en nuestra ruta.  Enormes paredes mostraban la magnificencia del lugar.  La casona mayor estaba destruida y como una ironía, la mas humilde, la cada de la servidumbre seguía en pie.  – Tomemos las fotos – dijo Jesús.  Preferí no aparecer en ninguna.  Aún tenía reflejado en el rostro, el susto de la culebra.

Había un olor siniestro.   Olía a dolor, a muerte, a sufrimiento.  Aun se conservan en el sótano los grilletes donde amarraban a los esclavos rebeldes.  Muchos morían en las torturas.  Esos cuerpos fueron enterrados cerca y estoy seguro que las almas permanecen custodiando el lugar.  Presuroso tomé nota de lo más importante y marque en un mapa la ubicación aproximada.  Deseaba salir rápido de aquel sitio.

La tarde fue cayendo y con ella la neblina – Apuremos el paso – Grito Jesús – Hay que llegar a los Mangos para pasar la noche – Era el sitio antes de Berreblen donde se encuentran los petroglifos indígenas.  Luego de una hora por el sendero nos recibieron dos imponentes árboles de mangos que nade sabe quien los sembró, pero le daban el nombre al refugio.  Ubicamos las carpas. Comenzó a llover, una lluvia menuda como un spray, muy fría. Jesús comentó - ¡Qué día compañero! – primero el ataque del perro, la serpiente, las imágenes de los esclavos torturados y ahora la lluvia – no le respondí.  El amigo comprendió mi desanimo y se acomodó en su saco de dormir.  Yo estaba pendiente de los ruidos de la noche.  Muy alterado trataba de conciliar el sueño, que me abrazo poco a poco.  

Unas guacamayas nos llamaron a levantarnos.  Fulgurante, el astro rey bañaba la montaña con cientos de tonalidades verde azulado.  Prometí un gran día.  Desayunamos rápidamente y partimos.  La fresca mañana nos llenó de pensamientos agradables y positivos.

Por una pendiente guardamos el equilibrio con dificultad.  Me agarre de algunos arbustos y al poco tiempo llegamos a un terreno más plano.  Más al norte estaba Berreblen donde tomaríamos las fotos y los apuntes sobre los yacimientos indígenas.  Marcamos unos árboles para reconocer el camino de regreso.  Súbitamente algo nos paralizó. Eran aullidos.  Primero se oían al sur muy lejos y casi de inmediato frente a nosotros.  Una pared de niebla bajó de improviso.  De pronto el silencio.  Un silencio que asustaba más que el ruido.  Mi corazón se reventaba, busqué a Jesús quien también estaba paralizado.  ¿Qué pasa’ ¿Son perros, nuevamente? – Pregunte – No recibí respuesta, solo una mirada de terror.  Mi cuerpo se erizó.  Otra vez el aullido ahora, mas cerca.   El pánico endureció todos mis músculos.  Lo que fuera lo tenia al frente.  Muy próximo, casi me tocaba. Forcé la mirada en un intento por localizar algún bulto o movimiento pero fue inútil.  Tropiece con Jesús, que estaba rezando.  Pavoroso recordé la historia del guía.   El aullido era, insoportable.  ¡Ahora si! A través de la niebla percibí una figura que avanzaba, hacia nosotros.  Los aullidos se confundían con un ruido metálico ¿Serán los fantasmas de los esclavos? – deliré ¡Dios mío! - ¿Qué es? Grite desesperado.  Oí el grito angustiado de Jesús y apareció entre las brumas la  monstruosa silueta de un jinete muy alto, tan alto que los pies tocaban el suelo.  Montado en un carapacho de caballo.  Al acercarse me sorprendió aún más que el hombre no tuviera facciones, ni ojos, ni boca.  La cabeza era como una pequeña auyama con muchas estrías o surcos.  Del hocico del animal exhalaba un vaho verdoso y pestilente.  La cabalgadura era de hierro oxidado y chocaba con el esqueleto produciendo un chirrido.  Aquella imagen era espantosa.  Estábamos solos a merced de aquel espectro.  El aullido nos golpeó y caímos desplomados.  Afortunadamente el silencio de la inconsciencia se apoderó de nuestros cuerpos.  El Guardián de la montaña había cobrado la afrenta.

Era casi medio día cuando desperté.  La neblina había desaparecido.  Con el miedo gobernando cada célula de mi cuerpo busque a mi compañero.  Estaba tirado en la maleza.  Traté de levantarlo pero no pude  -  ¿Estará muerto? – Me dije.  Lo sacudí y lentamente recobró el sentido.  Tenia una mascara de pánico, no podía hablar.  Lo ayude a levantarse y apuramos el regreso.  A pesar de las marcas dejadas en los árboles, nos perdimos varias veces.  Casi de noche vimos las pequeñas luces de La Sierra. – ¡Gracias a Dios! -  Imploré jurando nunca más ofender a los espíritus.

Aquella experiencia había transformado para siempre a mi amigo Jesús Vásquez.  No volvió a ser el mismo hombre fuerte y decidido que conocí.  Su mente no soportó el macabro encuentro y hoy camina macilento y triste por las calles de San Carlos.




1 comentario:

  1. Hector te felicito. Excelente relato, en mi niñez siempre nos gustaba escuchar los cuentos de apariciones, muertos y todo lo que produjera esta misma sensación que tengo en este momento, El Guardián de la Montaña, me trajo esas remembranzas.

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